martes 20 de octubre de 2009

Pisadas


Premio Especial de Cuento Hiperbreve para Niñas y Niños

“Garzón Céspedes” 2009

Héctor Luis Rivero López (Puerto Rico)

PISADAS

Una mañana mi abuelita decidió desandar todas sus pisadas. Me fui tras ella pero por cada des-pisada que daba se convertía en más pequeña y ya nunca más pude verla. Yo en cambio crecía, hasta que llegó un día en que me convertí en abuela también. Mañana temprano comenzaré a desandar mis pisadas y tal vez mi abuelita y yo nos encontremos.

sábado 25 de julio de 2009

Minis sin ton ni son

La cenicienta de Edipo

Cuando los zapatos mágicos huyeron de los pies de Cenicienta, ésta no sabía que el príncipe tenía algo planeado. Frágil y vulnerable, la chica no pudo escapar y el príncipe la tomó entre sus brazos, caminó hacía donde estaba su madre reina y le dijo:

─Bueno, madre ─dijo─ ya me decidí. Si esta mujer descalza se puede poner en tus zapatos, será la elegida para ser mi esposa.

Quo Vadis

─Hijo, ¿ qué vas a ser cuando seas grande?

─Seré simplemente Alejandro.

─ Y tú, mi querido pequeño, veo que serás pintor.

─ No, padre. Seré Pablo Picasso.

Mi primer amigo

Fue en el primer día de escuela cuando lo conocí. Era amarillo con un gracioso gorrito de color rosa. Mi maestra me lo puso en mis manitas vacías y él se metió dentro de mis dedos haciéndome cosquillas. Poco a poco mis manos fueron bailando a su compás y en una mañana mágica, entre curvas, bajadas y subidas trazamos los dos por primera vez mi nombre. Desde entonces mi amiguito y yo volábamos por los cielos de la imaginación.

Un día llegó a mi salón un niño nuevo y no tenía con que escribir. La maestra preguntó si alguien tenía un lápiz extra, pero nadie contestó. Entonces, miré con tristeza a Palito, lo partí por la mitad y le entregué la otra al niño.

La maestra contemplaba sonriente mi acción, se acercó y, bajito al oído, me dijo:

─Muy bien, compartirán el borrador cuando lo necesiten. Desde entonces aprendí doble.

Más y más dinosaurios

Cuando el dinosaurio despertó, el niño gritón todavía estaba allí.

Nueve lunas

En el país de las nueve lunas las mujeres tienen ojazos de infarto, labios carnosos, melenas estupendas, cuerpos atléticos y bronceados; pero los hombres no existen.

Docente

Es el primer día del curso de sexología. La maestra le explica a los niños en que consiste la clase y las áreas que cubrirá. De pronto, Raquelita levanta su manita y pregunta:

─ Maestra, ¿este curso es solo teórico, verdad?

─Pues sí, Raquelita; ¿por qué preguntas eso?

─Es que no veo las camas, maestra.


lunes 20 de julio de 2009

Signo de los tiempos

Signo de los tiempos I

Ese año fue dichoso para todos: la familia coincidió encontrase varias veces en los centros comerciales, y hasta tuvieron la dicha de verse y abrazarse en los funerales de la abuela Paca, la tía Chencha y el primo Juan.

Signo de los tiempos II

“Dejad que los niños se acerquen a mí…” - dijo el Maestro. Llamaron al Departamento de la familia y luego lo acusaron por pedofilia.

Signo de los tiempos III: Adulescentis XXI

Una semana muy larga ha pasado. Se siente tensa y agitada. Ha hecho cosas extrañas: conversar con su madre, tocar a la puerta de la casa de su amiga y hasta conocer a los padres de ésta. Experiencias rarísimas para la joven, que se siente aislada desde que le prohibieron el uso de su celular.

jueves 11 de junio de 2009

LA CAJERA




*Publicado en la revista mexicana Destiempos, 2008

Señora psiquiatra, dígale a ese fiscal que no fastidie tanto, que para Juan Cervantes, y ese soy yo, eso de que ustedes las mujeres hayan sido sacadas de la costilla me parece muy raro, como que hay algo detrás. Aunque a veces tengo la sensación de que a Eva se le cortó el rabo, y de ese rabo fuimos formados nosotros, los hombres. Yo, con mis treinta y tres años, le digo que soy de los que piensan que hasta que Dios no venga a este mísero valle de lágrimas en forma de mujer, seguiremos siempre en el caos. ¿Y si Dios fuera femenino? Tal vez le suene irreverente, pero le digo que Jesús, como hombre fracasó; si volviese como doñita de seguro triunfaría, se lo aseguro. A lo mejor lo ponen a anunciar la Coca – Cola. Además, eso de que ustedes son la causa del mal, es una falacia creada para distorsionar la verdadera realidad. Mire, Adán y Epimeteo no eran más que dos imbéciles dormidos en el limbo de la masturbación. Juan Cervantes le asegura a usted que el futuro es femenino, ya lo verá. La era de la sensibilidad será de la mujer y el mundo podrá cambiar.
¿Ha leído a García Márquez? Si no lo ha hecho, hágalo. Él escribió un relato sobre una mujer muy bella, “El avión de la bella durmiente”, así se titula, y comienza de una manera exquisita, hasta me lo sé de memoria, escuche: “Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes ...” Y era que él hizo un viaje a Europa y en el avión, a su lado, dormía una hermosísima joven, buena hembra, de esas que uno pondría en un altar y le dan ganas a uno de brincarle encima y comérsela a pedacitos , y que se vayan al diablo los cánones sociales, pues de alguna manera sublime y racional hacen que nos excitemos. La cosa es que al Gabo (¿Era él? ) se le hacía difícil apartarle la mirada; y yo lo comprendo, y a la misma vez me pregunto: una mujer hermosa, ¿qué tiene? Se dice que es lo más subliminal que Dios creó. Inclusive, en la Biblia se menciona como algunos ángeles, al ver la hermosura de las hembras de la Tierra, bajaron y poseyeron sus delicias y encantos. Yo no sé, pero para mí, y yo sé que para otros, la única diferencia que tiene la mujer es su naturaleza sexual, tan profunda y enigmática; en todos lo demás son igualitas a los machos. Y si algo nos iguala es un trasero. Cuantas veces nosotros, los supuestos llamados hombres, nos hemos extasiado al ver de pronto una femenina que nos cautiva con su porte, su presencia y belleza , y no nos queda más remedio que, con disimulo, contemplarla, mientras se nos caen las babas. Así me pasó a mi cuando ví a la cajera, mi bella despierta...
Juan entró a la fila de pago. La observó embelezado. ¡Qué silueta de hembra tan perfecta! No le sobra ni le falta nada. De manera instintiva y mecánica, atendía a los clientes. Era hermosa y esbelta, de rostro ovalado, maquillada y con unos labios pintados de carmín fresa; sus ojos color violeta parecían salir del cielo, y su pelo azul negro resplandecía como una noche estrellada. Metáforas gastadas me dirá usted, y tal vez le doy la razón, pues quién sabe si usaba lentes de contacto y se dio un tinte en el pelo. Pero la cosa es que debajo de su blusita sexy se detallaban unos senos pequeños, redondos y puntiagudos como dos tortolitas en espera. “¡Ah, tus dos pechos, como gemelos de gacela, que se apacientan entre lirios”, exclamaría Salomón si la hubiese visto. En fin, era ella una obra maravillosa de la ingeniería natural. Mientras la observaba, sin ningún descaro, me ardía entre el instinto y la sensibilidad. Lo que se ve es un cuerpo, pensaba Juan, un estuche parecido a otros millones de estuches, en este caso, más saludable y figurado, que abundan por todo el planeta. Ahora mismo en el pueblito cercano debe de haber otra. Lo que importa es saber que es lo que hay dentro de ese estuche; ¿cómo piensa y qué siente?, ¿cómo sería ser su amigo?, ¿cuál será su estilo de vida? Y pensar que si ahora ocurriese un terremoto, nada de esa exterioridad de maquillaje que la envuelve, y ni esa blusita sexy le serviría de nada, y que suerte la de no estar en la isla Tana en el archipiélago de Wanatu,donde las mujeres se cambian por cerdos. Hablo como humano y le digo que es igual que yo en todos los sentidos y aspectos, excepto su naturaleza física, y, tal vez, claro está, su personalidad, pues cada ser es un universo aparte, pero no por eso dejo de fantasear, sería tan maravilloso. Juan miraba a los otros hombres que se acercaban a la caja para pagar. Unos la miran de ladito, con el rabo del ojo; si son casados, deben de estar sintiéndose culpables y pensando en su ministro o pastor; o tal vez en lo que la Biblia dice, sobre no desear la mujer del prójimo. No hay duda de que el sexo es fuerte, pero es secundario al hambre, tanto de comer como a la espiritual, la de amar sin interés y sin pretensiones, con respecto a la dignidad humana. Sí, de verdad que está precioso el estuchito que lleva ese espíritu; es un ser singular y tan original como ella misma. Es un icono, tan especial, tan lejano y tan cercano como lo es también la señora regordeta que está detrás de mí, o el ancianito aquel que se tapa bajo el paraguas, o la chica aquella que aguanta un bebé entre sus brazos. Para mí, yo no sé si para usted, señora frenópata, pero lo mejor que hizo Dios fue sin lugar a dudas, un día tras el otro, lo más maravilloso el amor, lo más bello la juventud y lo más original usted, digo la mujer. Pero ya eso está escrito, y yo no lo repetiré. Claro, al pasar de los años para que todo siga igual, cambiamos a la mujer por la ternura y los hijos; de la juventud no nos queda más que la sonrisa (sin dientes), y si acaso la vida nos ofrece otro día, lo aceptamos con resignación, pues mientras el alma dure, hay que seguir con lo único que nos dejó Pandora en su cajita: la esperanza.
Pagué mi artículo, una baratija que Juan escogió al azar, cuestión de disimular, usted sabe. Ella me dijo, “muchas gracias”, pero no me miró. ¿Me puede creer, doctora? Yo apenas murmuré algo ininteligible, el corazón me pesaba y sentía que un inmenso túnel oscuro me tragaba. Al salir de la tienda, vi que llovía a torrentes. Me detuve al lado del conserje de la tienda, en la acera, y le pregunté sin contenerme que si había visto lo hermosa que era esa cajera, y me miró asombrado de que estuviese hablando con él, y mientras se doblaba para raspar un chicle en el piso, le dice a Juan:
―Hay que tener cuidado, pues las mujeres enferman a uno.
De pronto Juan y yo, nos fuimos, corrimos bajo la lluvia hacia mi auto. Una vez adentro, él encendió el radio y yo cerré los ojos. La canción que escuchaba era la de Sabina, y Juan comenzó a cantarla, “Si yo fuera mujer...tendría que empezar por abrir del todo el telón del fondo del mito virginal …” Después, creo que me quedé dormido por un rato. Un oficial de la policía me despertó al golpear el cristal de la ventanilla. Luego el cielo se tornó azul claro con sólo unas nubes desparramadas, pero yo seguía allí y lo veía gris. ¡Ay!, doctora, si la cajera le hubiera sonreído a Juan con una de esas sonrisas con brillo como sólo ustedes las mujeres saben dar cuando se enamoran, esta historia sería de otra carne, y yo no estaría ahora aquí contándole esto a usted, pues yo estaría dentro de un universo que está dentro de otro universo, que a la vez está contenido dentro de otro universo, que a su vez... ¿Ah, no me cree? Pues sepa bien que de asesino no tengo un pelo, y además, por Dios, ¡soy un simple profesor de literatura!

martes 26 de mayo de 2009

MICRO-BIOCUENTÍNIMOS


El otro dinosaurio
Cuando la niña Liancita encendió la computadora, el depredador sexual todavía estaba allí.



Asesino confeso
Siempre me amenazaba. Cada vez que se encontraba con unos de sus amigos secuaces, le decía, “Pues aquí, no más tratando de matar al tiempo”. Un día, hastiado, de su cinismo, no me contuve más y sin pensarlo dos veces lo maté. Fue en defensa propia, se los juro, mi nombre es Tiempo.


Soledad
El alcalde envió a dos señoras de acción social a la casa del viejo Efraín.
- ¿Quiere que le busquemos algo, don?
-No, llévenme con ustedes y así me doy la vueltita.


Dotes de galeno
Definitivamente mi hijo será médico, pensó el padre, cuando una tarde, mientras lo observaba jugar con su amiguita le oyó decir:
-Mira yo soy el doctor y tú la paciente, así que te voy a poner una curita en ese tajito que tienes ahí.


Naturaleza sexual
En aquel planeta la lluvia era el semen que envíaba el cielo al óvulo de la tierra cuando estaba en celo.

Dejad a los muertos que entierren a sus muertos
La gente no entierra a los muertos, los carga adentro.


La arepa milagrosa
Para el cumpleaños de Suncha, Agapito le preparaba unas arepas, pero cuando las cocinaba una de ellas se le quemó. La cogió para echarla a la basura, pero vio con asombro que tenía dibujada lo que parecía ser el rostro de Cristo. Eufórico, la puso aparte para adorarla en un altar y pedirle un milagro, pero Suncha se la quitó alegando que ese era su regalo y quería fotografiarla para ponerla en el Interrnet, y que un fanático religioso millonario se la comprara. Discutieron y forcejaron hasta que la arepa cayó al piso y vino el perro y se la comió.


De los esmeros de la vida
Todos mis contactos de correos electrónicos han pasado a ser parte de mi familia: ya casi apenas me escriben.

©2009 Héctor Luis Rivero López

Cinco ingratos
El meñique se me esconde.
El anular se me casa.
El del medio es pura aristocracia.
El índice me apunta y me dice que no lo acompañe.
El pulgar, apuntando para arriba, pide un aventón, pues se quiere ir.
Y me he quedado solo.

Stuff
En el centro comercial, mi niña contempla los perfumes y joyas. Su carterita está vacía. Al lado, en la pared de una vitrina, hay un cartel con la foto de Paris Hilton.
Pobrecita Paris, no tiene culpa de tener tanto dinero…

Relativo
Cansado, se acostó, pero no hizo más que tirarse a la cama y vio una mosca en el techo. “Ay, Dio mío, no quiero levantarme solamente para matar a una mosca, pero no la puedo dejar ahí, porque si me duermo tal vez es capaz de meterse dentro de mi nariz”. Se levantó a regañadientes, buscó el mata mocas y poco a poco se fue acercando a la víctima, cuando de pronto resbaló, cayó de bruces sobre el piso y se rompió el tabique.
Ahora yace en una cama en el hospital con la nariz enyesada y lo atiende la doctora Flies.

Vellonera
Siempre llevaba la música por dentro. El día en que murió, sus amigos iban echando monedas de cinco centavos en el ataúd para escucharlo; bailaron y cantaron a su alrededor hasta más no poder.


©Héctor Luis Rivero López

viernes 17 de abril de 2009

MÁS CUENTÍNIMOS





Cuentos © 2008-Héctor Luis Rivero López

El primer oficio de Dios fue ser cuentista
En el principio creó Dios los cuentos y la poesía. La poesía estaba desordenada y vacía, los cuentos estaban sin contar, y el espíritu de Dios se movía sobre la esencia de las palabras.
Dijo Dios: “Habrá una vez…” Y fue el cuento y la poesía.
Vio Dios que el cuento y la poesía eran buenos y los llamó humanidad.

Malus memoriae
“Por Dios, juro que se me ha olvidado algo, ¿qué será?”
-El jinete sin cabeza

La segunda venida del Cristo
Jesús retornó a la maldita Tierra en el siglo veinte, pero nadie se dio cuenta porque nació en una colonia del Caribe y más allá de la frontera; en forma de mujer, de raza negra; creció y vivió como lesbiana; fue madre soltera, discapacitada, pobre y para completar el colmo de los colmos no reunía los estándares de estética de la época: era gorda, fea, bizca, chueca y tenía la cara llena de granos. A la edad de treinta y tres años le quiso decir a la humanidad que no se preocuparan y no tuvieran miedo porque el Reino se acercaba, pero la mataron; sólo que esta vez la violaron y la colgaron de un poste patas arriba. El único legado que dejó a la humanidad fue un jardín muy hermoso, pero los federales lo confiscaron alegando que cosechaba marihuana.

Un paso pequeño para el hombre
─Hijito, no juegues en la tierra.
Neil creció y se fue a la luna.


Las elecciones boricuas del nunca acabar
En el año de la Guácara todos gritaban: “¡esto tiene que cambiar, abajo la corrupción!”. Cuatro años después parecía escucharse el mismo eco: “¡esto tiene que cambiar, abajo la corrupción!”. Cuatro años más tarde:“¡hacía un nuevo cambio, no más corrupción!”

Despertar de un abandono
Me levanto de la cama muy temprano, apenas dormí y siento mucho frío. Abro la puerta, entro al baño, orino y me lavo los dientes. Me envuelvo con las sábanas, me pongo los cortos y los zapatos que están al lado de los de ella. Voy a la cocina, abro el armario, cojo la botella de vino y me preparo un trago.
Otro trago. Enciendo la computadora y me pierdo en un mar de correos electrónicos. No puedo concentrarme, todo me es indiferente. Me viene a la cabeza la misma imagen, la misma angustia. Siento que caigo en un vacío aterido y sin fin. En la pantalla, chicas desnudas pero sin alma. Me harta la porno. Otro trago. ¡Santo Dios, que frío! Otra vez ese resplandor y la sensación filosa en la garganta.
Quisiera dormirme de una vez por todas y para siempre. Ya son las tres de la tarde y esta angustia me corroe el alma.
No tengo medicamentos, y el vino se me ha acabado. Esta condenada casa está helada. Estoy desesperado y me repito, sin parar, que yo no me maté. Yo -no –me- maté, coño, yo no me maté...
Me levanto de la cama muy temprano, apenas dormí y siento frío. Abro la puerta, entro al baño, orino y me lavo los dientes. Me envuelvo con las sábanas, me pongo los cortos y los zapatos que están al lado de los de ella. Voy a la cocina, abro el armario, cojo la botella de vino y me preparo un trago.
Otro trago. Enciendo la computadora y me pierdo en un mar de correos electrónicos. No puedo concentrarme, todo me es indiferente. Me viene a la cabeza la misma imagen, la misma angustia. Siento que caigo en un vacío aterido y sin fin. En la pantalla chicas desnudas pero sin alma. Me harta la porno. Otro trago. ¡Santo Dios, que frío! Otra vez ese resplandor y la sensación filosa en la garganta.
Quisiera dormirme de una vez por todas y para siempre. Ya son las tres de la tarde y esta angustia me corroe el alma.
No tengo medicamentos, y el vino se me ha acabado. Esta condenada casa está helada. Estoy desesperado y me repito, sin parar, que yo- no- me -maté. Yo no me maté, coño, yo no me maté...
Me levanto de la cama muy temprano, apenas dormí…


Las antípodas
Tres niños boricuas encuentran una cueva. Buscan una cuerda, se atan a ella y deciden entrar. Van despacio, cuando de pronto la soga se rompe y caen en un hoyo. Ven un túnel y caminan por él hasta que encuentran otra cuerda, se agarran a ella y sienten que alguien los hala. Son sus padres filipinos.
Tres niños filipinos encuentran una cueva. Buscan una cuerda, se atan a ella y deciden entrar. Van despacio, cuando de pronto la soga se rompe y caen en un hoyo. Ven un túnel y caminan por él hasta que encuentran otra cuerda, se agarran a ella y sienten que alguien los hala. Son sus padres boricuas.


Fábula

El león quiso demostrar que él era, no solo el amo de la selva, sino también de todo el planeta. Un día reunió a la prensa y a todos los cuadrúpedos bestiales, y les dijo:
─Voy a subir la gran montaña. Seré el primer animal terrestre en hacerlo.
Buscó mapas, calculó ángulos, y se marchó.
Luego de veinticuatro horas , alcanzó la cima.
Satisfecho por haberlo logrado, se durmió. De pronto, escuchó una vocecita:
─¡Bienvenido a la cima del mundo!
Al incrédulo león le dio un infarto y expiró.
La hormiguita le pasó por encima.

Hoy en el periódico
Un sujeto entró armado a la oración y comenzó a disparar. Los predicados lucharon con él hasta abatirlo. Un verbo muerto.

martes 7 de abril de 2009

Un ramo de rosas

A mis amigas
Ella estrena sonrisa de Gioconda. Cualquiera al verla tan deslumbrante con su vestido rojo, pensaría que se ha ganado la lotería, o que muy adentro de su fuero interno lleva una fuente de dichas. El cielo es todo rosado, en sus ojos brillan polvos de oro y de su garganta parecen salir gorjeos de enamorada.
―Happy Valentine! ― le dice al conserje, con cierta coquetería que éste se queda mudo mientras le abre la puerta.
Quince para las nueve de una mañana fresca y azul. Siempre fue puntual. Abultada y diminuta, camina hacia su escritorio con el remeneo y la sensualidad que sólo tiene una soltera sin compromiso. Sus compañeras parlotean, excitadas.
Se sienta a revisar la agenda como de costumbre.
―Hola Marcela, ¡buenos días! ―le dice alguna compañera que pasaba.
De vez en cuando, mira el reloj.
A las diez llega un mensajero con un enorme ramo de rosas rojas.
―¿Marcela Cruz? ―pregunta el joven a la recepcionista.
Una lluvia de miradas expectantes se vuelcan sobre él.
―¡Marcela, son para ti! ―vocifera una compañera, entusiasmada.
Sorprendida, llena de brillos, se levanta y coge el ramo. Le tiemblan las manos. Una tímida sonrisa brota de sus labios.
―A ver, ¿de quién son?, dinos Marci, por favor, nos tienes en ascuas.
Marcela abre el sobre con lentitud desesperante.
“A la más bella de la bellas, dueña de mi corazón. Tu más ferviente admirador secreto.”
―Ah, un anónimo! ¡Wow!
―¡Qué bello!
―¡Felicidades!
―¡Feliz día del amor!
Cuchicheos, risas y suspiros. Marcela casi puede respirar la envidia de todas.
Entusiasmada, comienza a tararear una canción de Chayanne, se dirige hacía el área de trabajo, y al colocar sobre el escritorio el ramo de rosas, lo mira tiernamente; sueña despierta y siente que su autoestima se infla como un globo que vuela alto, muy alto.
Todo el día huele a rosas y ningún otro escritorio luce tan bello como el de Marcela.
Cinco y quince de un tarde cansada. Ella sale de la oficina, sonriente, con su esplendoroso ramo de rosas. No hay nadie en el estacionamiento. Al entrar en el auto se le va desvaneciendo la sonrisa y un rictus de amargura se le dibuja en la cara. Inmóvil y silenciosa frente al volante, con la mirada pérdida en el horizonte, saca un recibo de compra de la cartera, y al ver la exorbitante suma, lo aprieta y estruja entre sus dedos. Suspira largo y hondo, y al encender el motor, lágrimas negras resbalan por sus mejillas.

©Héctor Luis Rivero López

lunes 30 de marzo de 2009

Escritores intrincados

Un grupo de escritores se propuso redactar la novela de la vida; iban de una ciudad a otra con todas sus computadoras, impresores y papeles. Pasaron diez, cincuenta, cien quinientos años hasta que por fin llegaron a Escritolandia, cuando de repente se para el autor más sabio y dice:

─Queridos colegas se nos han quedado las ideas y la inspiración; pero sólo uno de ustedes podrá ir a traerlas de regreso. ¿Quién lo quiere hacer?

Por allá una crítica literaria levanta la mano y dice: ──Yo voy, con la condición de que no comiencen a escribir hasta mi regreso, ¿están de acuerdo? Y todo el grupo responde: ─¡Sí!

Bueno, entonces la crítica literaria se va a su viaje. Pasaron quinientos, mil, cincomil, hasta diezmil años y llega un narrador del grupo y dice: ─No, a esa comentarista le pasó algo, debe de estar enferma, yo digo que escribamos ya y nos olvidemos de ella.

Pero el literato más entendido le responde: ─No, no escribiremos, recuerden la promesa, sigamos esperando.

Pasan otros diez mil años y nada que llegaba la critica literaria, hasta que dijo el más docto:

─Bueno, nos tocó comenzar a escribir.

Y todos comenzaron a redactar, cuando de repente sale la crítica literaria de un matorral y dice:

─¿Qué tal si me hubiera ido? ¿Huh?

domingo 1 de marzo de 2009

CUENTOS Y CUENTÍNIMOS SIN TON PERO CON SON

El hueco del viernes: En busca de los 1.000 BLOGS LITERARIOS

jueves 29 de enero de 2009

SOBRE EL AUTOR


Héctor Luis Rivero López (Hek). Es un “ama de casa” (jubilado-discapacitado laboralmente), aprendiz de anciano y escritor-poeta autodidacta. Casado con Ana Julia De Jesús Colón y residente en el pueblo de Ceiba, Puerto Rico. Nació el 21 de octubre de 1953, en Cayey, Puerto Rico. Luego de casi más de diez años (desde el 1976) retornó a la Universidad de Puerto Rico en el 1989 para terminar un bachillerato (y escogió literatura comparada), sin saber por qué lo hacía, y que luego más tarde consideraría una pérdida de tiempo; además se le hizo muy difícil estudiar por su condición de salud mental y emocional. Desde pequeño tenía la aptitud e ilusión de ser escritor y escribía versos. A pesar de todo estuvo en el ejército y realizó muchos trabajos para sobrevivir; desde lavaplatos, cajero en una gasolinera, conserje, ayudante de bibliotecaria, etc. En el 1991 publicó su primer cuento titulado El despido en una revista estudiantil de la UPR llamada Punto y Aparte y alguno que otro poema en el periódico El Universitario. Publicó con mucho esfuerzo su primer libro Chispazos de amor y de locura en el 2005, libro que lo considera inmaduro ya que lo editó con prisa y piensa que tiene errores de estilo y técnica. Otras publicaciones: Antología Cuéntame@com, 2006, del grupo virtual de escritura creativa Tallerines; tres cuentos: La última de las maguferías, Prisionero en su propia piel, De huesos y palabras. Revista LETRAS NUEVAS, enero 2008, 6 mini cuentos; Revista cibernética Mini Natura, Julio 2008 (finalista en concurso de minicuentos fantásticos con su minicuento Pena máxima 2100). Dos cuentos , La foto y Carta para el señor cardenal, publicados en NOTI-EXPRESO, blog de la Organización de estudiantes de periodismo de la universidad del Sagrado Corazón, de Puerto Rico. Ha publicado en varias páginas en el Internet, tales como Letras Perdidas, Letras Libres, Arte Comunicarte, Cuentos y Más, revista Des tiempos de México, La voz de la palabra escrita, en el Rincón de los escritores, en la revista A Puro cuento y en la revista En Sentido Figurado, entre otras. Es creador del grupo-foro de escritura creativa Cuentópolis. Héctor considera que al igual que Tolstoi, todo lo que ha aprendido se lo ha enseñado el corazón, y piensa que nació cuando descubrió el Internet en el 1997, invento que soñó cuando era pequeño y que lo ha ayudado en todos los aspectos de su vida. Actualmente trabaja en un libro de cuentos: CUENTOS SIN TON PERO CON SON, en un poemario titulado DEL SILENCIO Y LA VIDA SENCILLA y en un libro de consejería autobiográfico titulado EN LAS ALAS DEL AMOR. Pertenece a la red de escritores REME, a RIET Escritores por la Tierra y a la red Poetas del mundo.
E-mail: heklopez@yahoo.com

La bombilla



Recién casados, vivíamos hasta hace poco en una casa cómoda y amplia situada en uno de los sectores más progresivos y elegantes de la ciudad, en la calle La Luz para ser más preciso. Todo nos marchaba muy bien, nuestra rutina era tan normal y cotidiana como la de cualquier otro vecino, hasta que sucedió algo que nos cambió la vida…
Esa mañana, Lucila, mi esposa, limpiaba la lámpara del cuarto y al tocarla se fundió la bombilla. En ese mismo momento tocaron el timbre de la puerta, y para sorpresa de ella, era un pregonero.
—Hola doñita, me llamo Baphomet y vendo bombillas.
—¡Oh, pero que coincidencia, justo lo que necesitaba!
—Son de larga vida, señora, nunca más se le fundirá.
Cuando llegué a mi casa, después de un día agitado en la empresa de seguros, Lucila me dio la noticia muy contenta, pues según ella había comprado una de esas ampollas homologadas que ahorran energía y no cansan la vista.
—Muy bien, querida, es tu reino y tú lo manejas —le dije sonriente, mientras le tiraba una guiñadita.
Esa noche, cuando entramos a nuestra habitación, un fuerte olor a cloroformo nos golpeó en la nariz, y, al encender la luz, presentimos que alguien había estado allí. Nos miramos extrañados, y con mucha precaución, tomados de la mano, salimos presurosos. Una vez en la cocina, agarré un bate enorme que había guardado desde mis años mozos, le dije a Lucila que buscara el teléfono por si acaso ocurría algo y me dirigí de nuevo hacia el cuarto. Caminé despacio hasta llegar al closet, lo abrí de sopetón y para mi alivio no había nada. Suspiré y llamé a mi esposa. Reconfortados, nos reímos un rato; y cansados, decidimos irnos a dormir.
No hizo Lucila más que levantar las sábanas, cuando de pronto surgió de entre ellas el espíritu de mi suegra desencarnada. Se lanzó al piso y comenzó a dar vueltas a nuestro alrededor, mientras vociferaba una serie de palabras incoherentes. De inmediato otras sombras salieron por debajo de la cama para luego desvanecerse en el aire como pompas de jabón. Una de ellas se acercó a mí; yo sentí que me ahogaba, como si me estuviera muriendo, sin poder mover ni un músculo del cuerpo, tan sólo emitir sonidos guturales. Unos momentos después, nos vimos flotando en la habitación, y a pesar de estar la puerta cerrada, pudimos ver el corredor con todo lujo de detalles. Yo intenté atravesar la pared para llegar a la casa del vecino, pero me fue imposible, así que los dos tratamos de explorar nuestra propia casa mientras nos escuchábamos pidiendo auxilio cuanto más nos alejábamos; pero eso no nos preocupaba, puesto que sentíamos una gran sensación de libertad. Al fin llegamos a la sala y allí estaba mi difunto padre, acostado en la alfombra; le cogí del brazo y lo llamé, pero él no pudo escucharme y simplemente pasó a través de mí, y sólo me dijo:
—¡Por favor, apaga esa luz!
Lucila me miró asustada, miró la alfombra, volvió a mirarme, y después de largo rato de asombro, se calmó. Sonrió y tomó entre las suyas mi mano, temblando. Apagué el interruptor, pero para mi horror, la bombilla siguió prendida; y a cada segundo el cuarto se llenaba de espectros que brotaban de la nada. Corrí y desconecté los cables de la caja de seguridad, pero aun así no se apagaba. Desesperado busqué un martillo e intenté golpearla para hacerla pedazos, pero éste rebotó como si fuera un boomerang. La luz se hacia más incandescente y casi nos quemaba. Vencidos, abandonamos la casa temprano en la mañana y al cerrar la puerta un resplandor la cubrió. Atontados, llegamos a toda prisa a este motel. No encendimos la lámpara...
Hoy, al despertarme, noté que Lucila me miraba estupefacta y trataba de decirme algo.
—¿Qué te pasa Lucy? , dime, por favor… —le pregunté, angustiado.
Ella agrandó los ojos y toda temblorosa me dijo:
—¡Ay, Luzardo!...esto...esto no es un motel…
— ¿Qué dices?
—Es una funeraria y se llama Baphomet…
Entonces caí en cuenta: cuando entré a la cocina a buscar el bate sentí un leve olor a gas, pero con la confusión lo olvidé…
Ahora somos caminantes en la luz, y aunque estemos muertos, también soñamos.

Prisionero en su piel

El soldado Roy Eaglefeathers lo hizo otra vez: borracho y tambaleante llegó tarde a la barraca. Su entrada causó revuelo y varios compañeros se burlaron de él.
―¿Dónde diablos ha estado, soldado? ―preguntó el sargento Jackson, negro de hombros anchos, seis pies de alto, parado en medio del pasillo como una torre enorme y oscura.
Eaglefeathers gateó hacia su camastro.
―Párese, soldado ―volvió a gritarle el sargento.
Eaglefeathers murmuró algo ininteligible.
―¿Qué dice? No lo entiendo. ¡Hable claro recluta!
El soldado no se levantó, tenía la boca semiabierta y un hilillo de saliva corría por su quijada, mientras sus ojos se fijaban en la autoridad como un buey manso que mira el arado.
―Hágame un favor, sargento.
―¿Qué favor, soldado?
―¡Cállese la condenada boca y déjeme en paz!
Un silencio profundo imperó en el aire. El primer sargento Jackson sintió que la sangre africana se le subía al cuello y le inflamaba la cara. Sabía que el alcohol y la sangre india no mezclan. Conocíá de los agravios cometidos en contra de su propia raza y de la lucha ardua de los marginados. Un destello de compasión brilló en sus ojos. De súbito soltó una estrepitosa risotada, seguida por una repentina seriedad, y dijo:
―Muy bien, será usted dado de baja y volverá a casa.
Entonces, ante las miradas atónitas de los militares, Roy Eaglefeathers se enderezó y puso los brazos en cruz. El cuerpo se le fue encogiendo y de sus extremidades superiores brotaron plumas que se multiplicaba y crecían hasta convertirse en alas, mientras que las inferiores se transformaron en garras de acero negro, brillante. Roy Eaglefeathers alzó vuelo y escapó por la ventana.

La foto*

"Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso".

El día en que se lo llevaron lo contemplaba desde la ventana. Él recogía unas rosas en el jardín. Se veía tan bello y tranquilo que saqué mi cámara para tomarle un par de fotos. De pronto llegó un carro patrulla y se bajaron dos hombres altos con trajes negros y sombreros metálicos. Lo tomaron por los brazos y levantándolo del suelo como si fuera un saco de plumas se lo llevaron. Parecía un niño entre dos gorilas. Grité indignada y corrí. Pero fue en vano. Pocos metros antes de llegar a él para protegerlo, lo metieron al auto; apenas pudo dar vuelta a la cabeza para mirarme. Enfoqué mi cámara como último acto de voluntad. En el momento en que disparé, sonrió como sólo puede hacerlo un ángel. Sus ojos grandes parecían decirme "no te preocupes, todo va a estar bien". Y desapareció como una sombra dentro del Lincoln.
Mi mente entendía la tragedia aunque su expresión inundaba mi corazón de paz.
Y ahora me encuentro aquí, ofuscada; parada en la acera con la nariz pegada al cristal del escaparate de esta librería de libros de ficción. Trato de recordarlo mientras miro la foto de un diario amarillento del 21 de marzo de 1937. Bajo el titular ¡Abajo los asesinos! hay una fotografía que muestra a dos polizontes que sujetan por las manos a un hombrecito extraño que sonríe con dulzura. Más abajo, en letras pequeñas unas palabras: masacre de Ponce. Algo en ella me intriga. No sé si es que se me hace difícil comprender, o es que no puedo recordar. Es como si yo misma hubiese estado allí en el momento en que dispararon la cámara.
Llevo en este lugar un largo rato, tal vez toda mi vida, no sé, ahora escucho un sonido; algo como un zumbido. Y me doy cuenta de que soy una anciana. De pronto siento una vibración bajo la piel de mi muñeca derecha. Escucho un sonido agudo y pausado, y una lucecita roja intermitente me alumbra la cara. Sus autos blindados me rodean. Se me hace imposible entender lo que gritan. Imagino que me llevarán de regreso al sanatorio.
Miro por última vez los ojos tristes del hombrecito de la foto. ¿En cuantas escenas de matanza y desastre has estado sonriendo dulcemente, pequeña criatura? No puedo recordar quién eres. Me pregunto por qué siento que te veré pronto en un lugar donde aunque hubiese enemigos, el amor nunca desaparecería.
*En enero 2005 este cuento fue usado para escribir un guión por Kenia H.M., de Venezuela.

Carta nunca enviada

Amor Mío:
No existe un adiós y un hola: te prometí que lo haría, y ya ves, te saqué de la prisión de cristal, aunque ahora pago mi precio; pero no importa, reina mía, sólo tú, Dios y yo sabemos la verdad, y ni pito ni flauta me importa que para estos bembos de perro vestidos de blanco, pero con alma negra, me retengan aquí. Por lo menos, hoy me han dado un bolígrafo y unas cuantas hojas de papel, y enseguida corrí a escribirte. Pobrecitos, yo de lo más feliz, y ellos, todos, empecinados en que estoy loco.
Mi niña, de vez en cuando mi vida es un escribir constante, y eso es tan natural en mí, como el respirar. Por eso, por lo de respirar es que avancé a escribirte, porque te amo, te extraño y deseo estar contigo; la vida se me hace tan cortita. ¡Ay!, amiga, te cuento que tan sólo dos cosas te darán resultados para realizar tus sueños, después de la esencial fe en Dios, y esas son: la verdad con amor y la locura sin mentiras, así a sangre fría. Mi amiga, yo te buscaba en mis ratos libres, en mis pensamientos y en todo mi ser; no para llenar mis vacíos, sino para darle paz a esta angustia loca de existir sin morir. Esta carta te llegará acompañada por una bandada de pájaros negros a tu ventana; en sus picos llevarán miles de páginas viejas y amarillas que nunca pude enviarte.
Sí, te quiero sin secretos ni deseos ulteriores, y sin ponerle sexo a la amistad. ¡Qué mejor química que este cariño que siento por ti! Pero ellos no entienden de amor, tan sólo de reglas, y es por eso que se ríen como hienas. ¡Qué van ellos a saber que la amistad trasciende al amor porque lo contiene! Pobrecitos, se mueren de miedo y se creen la gran cosa, como si cagaran perfume, cuando en realidad lo esencial no se mide, no se pesa, no se toca, ni se compra, ni se guarda. Todos somos humanos atados al mismo instinto, y maldita sea cuando leí “La Imitación del Cristo” en mi adolescencia, y en realidad ahora no soy más que un pobre lobo estepario sin loba, pero no, no puede ser, no resistiría más vivir para obtener tan sólo un pedazo de pan y un poco de vino entre cuatro paredes y un techo, no, no; me hacía falta un beso, y en ti lo encontré tan dulce, tan tierno y tan sincero. ¡Me importa un comino los demás! Lo que vale es el compromiso y la sinceridad. Lo que nos duele nos enseña y nos lleva a comprendernos en plenitud. El amor no nos posee. Es cierto, que a veces queremos escapar de sus garras, pero siempre terminamos vencidos y rendidos a sus pies. Porque aunque duela, no existe nada como el amor, excepto la locura divina. Si se ama, se pelea por lo querido, y yo luché por ti. Contigo supe que la cosa no es irse de parranda ni pasar las noches de cama en cama, aturdido por el ruido infernal de la conciencia y del éxtasis del vino. Lo que da felicidad, es lo que nunca hemos visto ni veremos y está corazón adentro. Lo demás, mi amor, es viento que sopla. ¡Si te digo, que están todos muertos con sus manos en el bolsillo, y que dan vueltas en la ruleta rusa del dinero! ¡Qué van a saber de amor!
Amiga, en alguna parte del universo estoy yo, búscame. Estoy entre la multitud, con aquellos que nunca han sabido lo que es un beso en una tarde tranquila y azul, llena de sosiego y plenitud. Estoy también entre aquellos que se ven precisados a esconderse tras las máscaras de la yoidad absurda, y que tienen un reloj caro en las manos, pero que se percatan poco a poco, que sus fluidos cerebrales se dilatan, mientras sensaciones atrasadas nublan su presente. Estoy entre esos a los que siempre se les oye decir "si hubiese amado" y a los que ahora tan sólo se les ve con las manos en la frente para darse golpecitos de consuelo.
Amiga, estoy cansado, me han inyectado otra vez para calmarme. La verdad, que este cuerpo tan sólo es lodo. Quiero te me cuides mucho. Aunque no estaré contigo, búscame en cada lucero que vean tus ojos. Escribo esta carta en mi propia piel y la arrojaré por la ventana, y tal vez un unicornio azul, con alas doradas, ojos verdeados como los tuyos, la recoja y te la lleve envuelta en ensueños de amor y dicha. ¡Qué te digo que son unos bembes de perro muerto! Todavía me observan como si fuera un bicho raro, y se mofan de mí al decir que tan sólo soy un enfermito. ¡Tontos, cerdos, ya quisieran ellos tener una novia como tú! Total, no les hago caso, volteo la cara, sonrío, cierro mis ojos, me lanzo hacia donde no existen espacios ni tiempo, pues sólo un bolígrafo me basta…¡allí te espero!

Tu amado Antonio

La esposa


El anciano se subió al autobús con bastante esfuerzo. El conductor le preguntó si se sentía bien y él balbuceó algo sobre que no había problema alguno. El hombre agrandó los ojos e hizo una mueca, como diciendo, no quiero líos en mi bus. El viejo se sentó en el asiento asignado para impedidos, contiguo al del chofer. Eran las ocho de la noche, y a esa hora la ruta casi siempre estaba desértica. Solo había una pasajera, sentada en el asiento trasero. Era una chica bella, de ojos relucientes, que sonreía dulcemente. Al instante el viejo comenzó a hablar de su esposa:
―Mi esposa ha muerto, pobrecita, apenas se movía; si caminaba tenía que medir sus pasos…Mi esposa, ¡compañera por cincuenta y tres años! Yo me levantaba primero y le preparaba el desayuno, luego le daba comida al perrito…¡Ah, el perrito! ¡Ella adoraba el perrito! Yo detesto los perros, pero las esposas son las patronas de nuestras vidas…Mi esposa esta muerta, pobrecita, la diabetes y el cáncer me la llevaron…Yo no lloro con los ojos sino con el corazón. No, no crea que soy bebedor, me tomo solamente una botellita de whiskey así de pequeñita para ayudarme a mitigar el dolor, eso es todo, yo no soy bebedor...
Por un momento el conductor intentó decirle que se callara pero un sentimiento de compasión se lo impidió. El anciano continuó con su monólogo quejumbroso, mientras que la joven bella, de ojos relucientes, lo observaba sonriente.
―Mi esposa, usted sabe, compañera por cincuenta y tres años, todo mi universo y mi razón de ser. Yo voy a comprarle queso blanco, pues a ella le gustaba mucho, y me he acostumbrado a llevarle un pedacito todos los viernes, y hoy es viernes, ella se me fue un viernes…
El autobús hizo su última parada frente al centro comercial.
―Señor, hasta aquí hemos llegado, vaya usted con Dios ―dijo el chofer, después de bostezar.
Al apearse, el viejo tambaleó un poco, pero no por eso dejó de decir "gracias" con una afable sonrisa. La muchacha también se bajó en la misma parada y caminó detrás del anciano. Cuando éste iba a cruzar la calle, lo tomó del brazo, y acercando sus labios al oído, le susurró:
―Mi amor, he venido por ti, no sufras más.
Asombrado, al ver la cara de su querida esposa, idéntica a cuando eran novios, no vio que se acercaba un camión y el golpe fue mortal.

Despedida

Dicen que el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña. Eso es erróneo: lo que es ciego es el apego.
Allí estabas, cavilando en la segunda mitad de tu otoño, en medio de la oficina amplia y cómoda, como un pájaro enjaulado; sintiendo y pensando como millones de seres en este mundo, disueltos en la masa, pasando por la vida sin dejar huellas; haciendo simplemente tic-tac como el viejo reloj en la pared. Y allí, siempre allí, sumergido en un sillón ejecutivo, contemplabas tu interior disiparse sobre la mesa gris de tu consciencia.
Un olor delicado de violetas frescas te hizo extrañar a Helena, la secretaria. Encima del escritorio, limpio e inmaculado, al lado de un frasco de píldoras antipsicóticas, un pequeño sobre color rosa te invitaba a que lo abrieras. Todo el espacio a tu alrededor se pintaba de rosa. Por un instante intentas abrirlo, pero te arrepientes. El miedo y la duda se apoderaban de ti. ¿Por qué ahora, cuando mejor te encontrabas? Habías, por fin, llegado al piso sesenta y seis, y ahora eras un hombre importante. La oficina era suntuosa, equipada con la técnica más avanzada del mercado. Aceptaste que tu trastorno esquizoafectivo era prolongado; conocías tus puntos fuertes y tus limitaciones, y tenías una rutina uniforme, regular y predecible. Era de esperar que ante una situación transida como esa, surgiera una recaída.
No, no abriste el sobre; esperaste a que él te llamara, como acostumbra a hacerlo todas las mañanas.
Y allí estuviste por un rato largo como jugando al gato y al ratón con tus pensamientos. Luego tus pies te llevaron hacia los cristales sombreados. No había ventanas abiertas y el aire acondicionado enfriaba más que otras veces. “Me estoy volviendo viejo y loco”, te dijo una idea revoloteando por tus neuronas.
En un intento para despejar la mente, apoyaste la cabeza contra el cristal sintiendo su frío en la frente. Afuera el sol estaría jugando con las nubes. Tus manos se enfriaban y te quedaste mirando hacia abajo por un momento, ensimismado. El árbol del estacionamiento se asemejaba a un paraguas en miniatura, siempre verde y abierto. Sentiste envidia de aquel árbol y por un instante quisiste ser tan inconsciente como él. De pronto un rayo furtivo de luz solar iluminó tu rostro y volviste la mirada hacia el escritorio. El sobrecito rosa te exasperaba. Entonces tuviste la extraña sensación de que ya lo estabas leyendo y te sentiste perdido dentro de los cristales . Hasta que te viste a ti mismo. ¿Eras tú? ¡Tantas veces quisiste ser diferente, sobresalir de la mediocridad que te rodeaba y lograr tus más caras ambiciones por encima de todo! Y ahora… ¿qué sentido tenía vivir?
Sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. ¿Sería tu amigo o el jefe quien te llamaba? Regresaste al asiento, y al acercarte a contestar, casi instintivamente, tomaste el sobre y lo fuiste abriendo. Dentro del receptor escuchabas la voz de Raúl, tu jefe, con su tono de gerente general:
― Alou, Jorge te necesito ver en mi oficina, pronto.
Mientras leías la carta, la voz de Raúl te parecía lejana.
―Alou, Jorge , ¿me escuchas?
"Nuestro mundo se marchita…"
"Quiero luz, quiero vida..."
―Ya voy.
"Lucho por los dos"
“Ya no te amo…me marcho”
Esteban
Colgaste el teléfono lentamente, como si te pesara. Apretaste entre tus puños el pedazo de papel, te llevaste las manos a la cabeza, te inclinaste sobre el escritorio y lloraste como nunca en tu vida lo habías hecho.
***
―Pasa, Raúl te espera ―Luisa, la recepcionista, se notaba pálida―. Siéntate y tómate un café.
―No, gracias.
Has escondido tu coraje ante Raúl. Al entrar a su oficina no te sorprende verlo rebuscando tras los anaqueles; siempre te hace esperar. Pero esta vez, aunque disimula, parece totalmente indiferente a tu persona.
Y allí estuviste esperando por un rato. Entonces te pusiste a observar: sobre el escritorio de Raúl había una foto familiar, donde éste, diferente, sonríe como diciendo "soy un ejecutivo, modelo de felicidad conyugal". A un lado su señora, exhibiendo una sonrisa foto-forzada a lo "cheesse wik", dos niñas hermosas y un perro enorme completaban la foto. Después te fijaste en la pared llena de placas, lemas de productividad con imágenes de productos de la compañía y alguno que otro cuadro mediocre. Pero lo que más captó tu atención fue un pequeño librero que había en una esquina. Era un librero con puertas de cristal, herméticamente cerradas. Dentro de éste la imagen de un Cristo labrado en oro sobre una cruz de madera, le hacía muecas al aire, horriblemente contorsionado, como si se estuviera ahogando. De la cruz brotaban retoños de hojas verdes y encima del librero, junto a una tabla de estadísticas, había un programa de la misa pasada.
―Hola Jorge, perdona que me haya demorado, pero estaba buscando unos manuales de procedimiento y tú sabes cómo se desordenan las cosas aquí. Pero anda, siéntate. Luisa, cualquier llamada, ya tú sabes, toma el mensaje, estoy reunido.
Se comportaba agitado, más que otras veces. Te ofreció un cigarrillo.
―No, gracias. Bien sabes que no fumo.
―Ah, sí, bueno, no importa. Iré al grano. Tengo un asunto serio que decirte y seré breve. A partir de esta semana ya no estarás más con INTERIOR LTD. Esto, tú sabes, no es decisión mía sino de la junta directiva. Espero que entiendas que anteriormente te hemos pedido que te retiraras por el bien de tu salud. Esta organización no tolera más errores y a cada uno de sus miembros se les exige que mantengan una imagen respetable, aun en su vida privada. Y en ese aspecto tú no mejoras, al contrario, vas de malas a peor. Tu trabajo ya no es aceptable y te desempeñas muy mal. Lamento decirte que la visita a tu casa de nuestro presidente no fue muy grata que digamos, especialmente, y te soy sincero, no le gustó que llevaras al marica ese de tu amigo…
Raúl era una boca gigantesca que gesticulaba y se iba quedando atrás. Tú no dijiste nada. No recogiste nada. Saliste de la oficina y cruzaste por un espacio de pequeños espejos ovalados que te miraban con temor, pena y curiosidad. No te detuviste a mirarlos y te apresuraste a tomar el elevador principal.
Una vez afuera, caminaste hacia donde estaba el árbol y te apoyaste en él; lo abrazaste y de tu boca salió un grito a voz viva, tan fuerte que retumbó su eco en los cristales oscuros del último piso, rompiéndolos en mil pedazos.
Entonces cuerpo y árbol se confundieron en uno. Te fuiste sintiendo tan liviano como una hoja, y al percatarte de lo azul que era el cielo y de lo inmenso que era el árbol, sentiste una paz enorme; atrás quedaron las diferencias y las comparaciones. Ahora estabas allí como si ese árbol te hubiese esperado toda la vida. Volvías a vivir otra vez, pero de manera diferente, como si te fueras hundiendo en otra consciencia. No tuviste miedo; te sentías fresco, como envuelto en verdura. Todo a tu alrededor se fue tornando claro y muy bello, hasta que te desvaneciste en el aire...
Y al fin supiste que en lo más profundo de un desastre, por más horrendo que sea, Yo, que soy tu ser sin tiempo y perpetuo, prevalezco inalcanzable más allá de todo mal como una continuidad.

Spatior*

Cuando tocó a mi puerta presentí que no eran buenas noticias. Entró sin vacilar, como si fuera la dueña de la casa. Como optimista que soy, me preparé para lo que vendría. Después de los cincuenta nada nos espanta.
Ayer decidí llenarme de valor y decirle lo que sentía. “No permitiré que arruines mi vida, dulce dama. De ahora en adelante se te hará muy difícil acercarte a mí y no podrás jamás controlarme”. La mirada fija de sus ojos melosos y una sonrisa de Gioconda me dijeron sin palabras: ¡Ya no escaparás a mi embrujo! Le dije adiós y me despedí con la cabeza en alto, sin mirar hacia atrás, y al ritmo del jazz comencé a caminar. De las paredes brotaron una docena de mariposas que se desplegaban a mi paso; su revoloteo avivó mis ansias de vivir. La cabeza se me alborotó con los recuerdos: De todos los colores las mariposas son; hay blancas y amarillas, azules y marrón. ¿Qué será de mi primera maestra? La recordé alta y flaca como un palo de escoba. En las fiestas nos regalaba una bolsita de dulces y siempre nos advertía sobre lavarnos los dientes antes de ir a la cama...
Anduve y el camino se hizo. Mi primer encuentro fue con el arlequín de la rosa roja. Una vez me vio pasar, se salió de su marco y me siguió. Con él me entretuve y jugué a las adivinanzas.
─En una caja hay cuatro gatos, cada gato en una esquina de la caja y cada gato dice veo tres gatos ¿Cuántos gatos hay en total? Adivina adivinador.
─ Cuatro gatos, hombrecito.
─ ¡Increíble! ¿Cómo lo sabes?
─ ¡Ah, por favor! ¿Me crees estúpido? Hasta la vista, amigo.
El hombrecito, vestido con un traje lleno de parches en forma de rombos brillantes, era como un niño malcriado y caprichoso y me rogaba que me quedara. Mas no me detuve, no podía permitir que las veleidades de la vida me distraeran.
Guiado por una mariposa de alas amarillas, caminé a paso firme. Me encontré con el Ángel de la Inocencia. El lepidóptero se posó en sus manos de porcelana. Mi paz se recreó. ¿Para qué preocuparme tanto? Allá el médico que se preocupe por los números, el peso, estatura y toda esa vaina, me dije. Como pequeñas abejitas y gusanitos en la hierba, damos miel y seda. Un día aparece un pajarraco negro y nos come. Y todo parece terminar ahí, pero no es así. Ese pajarraco, tarde o temprano nos cagará. Y seremos mierda. Es en ese momento cuando nos purificamos para volver a nacer y...
“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Llegué a la arboleda. ¿Será el bosque mágico?, me pregunté. Entré por una vereda de barro anaranjado forrado de flores violáceas. A cada paso los árboles se hacían más grandes y el cielo se forró de verde. Me detuve. El canto de una bandada de pájaros deleitó mis oídos como una sinfonía de Mozart. Fascinado, seguí hacia adelante. Me abrí paso entre los inmensos matorrales. De pronto escuché el sonido de agua que caía, tal vez era una cascada, pensé. Con sumo cuidado entreabrí las hierbas altas y ante mí se dibujó la más hermosa escena que hayan visto mis ojos: ¡Era una ninfa taína!** "Ella se bañaba en un río impoluto..." Estaba desnuda, sumergida en el agua hasta las rodillas. El sol iluminaba su cuerpo y el viento agitaba su cabello azabache. Sus curvas resbalaban por mis ojos y al ver sus pechos erguidos, mi aliento se entumeció. Pareció que escuchó mis suspiros, pues sorprendida se asustó ante mi invasión; pero pronto se calmó, me miró con unos ojos de avellana que me castigaron, y sonrió; levantó su mano derecha y con su dedo índice me invitó a que la acompañara. Yo tenía la boca abierta y el corazón acelerado; traté de moverme y alcanzarla cuando…
- “Time out”! - gritó mi esposa y terminé mi caminata doméstica. La música cesó.
– Si ejercitaras más a menudo así, de seguro lograrás controlar esa diabetes cariño, ya lo verás –me dijo mi ella, y me tiró una guiñadita.
* palabra en latín que significa dar una caminata.
** mujer nativa de Puerto Rico antes de ser colonizado.

En un futuro virtual



Amanece en el bosque de Guavate. La neblina, vasta y densa, cubre las casas en las laderas de los cerros. Son casitas cómodas, construidas en concreto, rodeadas de amapolas y canarios, hechas para y por trabajadores, y tal vez para uno que otro petardista; pero que al fin y al cabo, buenos o malos, son ciudadanos que se afanan cada día por servir al país a su modo; gente de pueblo, que aunque ignoran que las dos terceras partes de la población todavía se encuentra en pobreza, son los afortunados de la sociedad moderna y avanzada de un país que comienza un nuevo ciclo en su historia.
Laura Ortega Taylor, joven maestra, y firme defensora del ambiente, vive en una de esas casas. Todavía duerme cuando un chorrito de sol se cuela por la ventana y desciende sobre su cara. La brisa sopla suave y eleva las cortinas de tonos verdes y amarillos que adornan el cuarto. Una dulce música de violines emerge de un radio despertador, y se escuchan las notas de la canción Verde luz, del cantautor boricua Antonio Cabán Vale. Laura abre los ojos y se levanta. Una voz maternal , proveniente de una bocina en la pared, le dice la fecha, la hora y la localización:
“Buenos días, Laurita. Hoy es veintitrés de septiembre de 2020, día de la nacionalidad puertorriqueña; día de fiesta nacional. Son las ocho de la mañana y es un hermoso día en la mejor ciudad de las Américas, Cayey , República Asociada de Puerto Rico... ¡Qué tengas un lindo día!”
Laura estira sus brazos y le da gracias a Dios.
Después de darse un baño, se dirige hacia la cocina y se prepara un café con tan sólo hundir un botón. Luego camina hacia la sala, y al chocar las palmas de sus manos, se enciende un monitor inmenso, donde se puede ver a la Presidenta , segunda mujer en gobernar a Puerto Rico, doña Isabel Quirindongo - otrora popular del ala independentista-dar su discurso, el cual gira en torno a la explotación del yacimiento de petróleo encontrado al norte de la Isla. La Presidenta augura una economía solvente para la república; y eso ha dividido al país. Fuera de La Fortaleza un grupo ambientalista protesta. Muchos de esos protestantes son en su mayoría americanoriqueños, término con el que se acuñó a los ciudadanos americanos blancos y negros que emigraron a las islas del Caribe, debido a los cambios paulatinos del clima y a las luchas racistas en el norte. Muchos llevan banderas verdes con una estrella blanca en el centro, símbolo político de su partido Acción Ambiental. Por otro lado las cámaras enfocan una marcha compuesta por miembros de la F.U.A. ( frente unido anexionista), grupo que aboga por la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos.
“Debe de estar abuelo fuera de sus casillas”, piensa Laura, y sonríe.
Camina otra vez para la cocina y se prepara un sándwich de mermelada de guayaba . Luego entra a su cuarto de estudio y al decir la frase “camina Chencha” la computadora se prende y se pone a trabajar. Escribe un ensayo para su clase sobre los forjadores de la patria boricua, cosa que ella hace con gusto y orgullo, ya que le encanta la historia de su país. De repente, el sonido de un golpeteo sale de su computador y en la pantalla se abre una puerta visual:
─Buenos días Laurita, ¿cómo te sientes?
Es su abuelo el que le habla, el escritor Jacinto Ortega, quien ganó el premio Nacional en el 2016 por exaltar la puertorriqueñeidad y cultura de Puerto Rico en sus novelas, tales como Tiempos de Blanco y Negro y Dos para un dolor. Vive en Ceiba, cerca del parque Pedro Albizu Campos, en lo que era antes una base naval de los Estados Unidos.
─Buenos días abuelo Cinto. Pensaba en ti. ¡Qué alegría verte!
─Dios te bendiga nena. ¿Qué haces?¿Por qué no fuiste a la marcha?
─Aquí cotejo unos datos para la clase. Como estoy atrasada, decidí quedarme en casa.
─¿Ves el mensaje de nuestra Presidenta? Creo que se mete en aguas profundas con eso de la explotación del petróleo, ¿no crees?
─Ay, abuelo eso no va para ningún lado. Si hacen eso, sería un genocidio ecológico. Nos llevaría quien nos trajo.
─Si nos unimos todos a la propuesta del senador Dalmau, evitaremos ese desastre.
─Es muy cierto, él propone la energía del viento y el sol para producir electricidad y creo que eso sería lo más factible para nosotros, abuelo.
─En España yo vi unos inmensos molinos de esos que producen energía.
─Es la energía eólica, abuelo. Los generadores de turbina de viento se componen de un rotor que convierte la fuerza del viento en energía eléctrica. Así no se contamina el ambiente con gases ni se agrava el efecto invernadero. También la energía fotovolaíca, la que sale del sol es renovable, limpia y silenciosa.
─Pero que mucho sabe mi nieta, eso me da un orgullo y una seguridad en la juventud educada de mi país. ¿Cómo te va con el trabajo investigativo? Dime si te puedo servir en algo.
─Claro, abuelo. Al leer tu novela Tiempos de blanco y negro, donde narras la vida de la comunidad La Vega a principios de los sesenta, mencionas a Muñoz Marín. ¿Lo conociste?
─Mijita, yo nací y me crié en el E.L.A., que eso era un circo de absurdos . Y en ese circo sólo dos hombres podrían sacarse aparte en la segunda mitad del siglo. Esos eran Albizu y Muñoz.
─¿Y cómo era el Estado Libre Asociado?
─ Un embeleco de transición colonial, mitad país y mitad estado. Se creó cuando Muñoz comenzó su gobernación.
─¿Llegaste a conocer a Muñoz, abuelo?
─ Pues fíjate, puedo decirte que no y que sí a la vez.
─¿Cómo es eso, abuelo?
─ Mira te lo diré en un cuento. Fue para el año sesenta y tres, el E.L.A. llevaba once años, si no recuerdo mal, cuando aquella mañana de junio el cacareo de las gallinas me despertó temprano. Luego tu abuela encendió la radiola y una voz de tenor se escuchó cantar “cuando diga pianos piense en Salvador R. incorporado, la casa de los pianos...” Era “El Alegre Despertar”, programa radial mañanero donde trabajaba don Cholito.
─¿El del “choliseo”?
─Ése mismo, el del coliseo. Pues, recuerdo que mi hermana mayor ya se había levantado y si yo no avanzaba a lavarme me perdería de ir con ella a la tienda de don Monche a comprar el pan. Para ese entonces yo era un chiquillo de diez años con la piel curtida de sol y lavada con agua del río Guavate. Mi mundo era la imaginación. Vivíamos en una casita de madera y cinc que tu bisabuelo construyó en una de las llamadas parcelas que repartió el gobierno, en medio de un cañaveral gigante que parecía que iba a devorarla. Antes de eso, papá había invadido una casa en el pueblo y allí convivimos por un par de años, hasta que nos sacaron a patadas.
Recuerdo que ese primer día de verano fue tres veces interesante para mí: comenzaban las vacaciones; nuestro padre no amaneció con nosotros y Luis Muñoz Marín visitó nuestro barrio para participar en uno de sus últimos mítines, pues ya pensaba dejar la gobernación. Yo estaba curioso por ver al hombre de la pava. Tu bisabuelo era albizuista y tu tío abuelo era muñocista. Ambos formaban unas garatas cuando se ponían a discitir sobre cuál de los dos era el mejor; pero yo, chiquillo al fin, nada sabía de eso. Al hombre de la pava, lo veía en la bandera blanca y me lo imaginaba narizón, pelú y colorao. Mi padre me llamaba siempre “Albizu”, pero yo no entendía por qué; después al crecer y conocer a Albizu a través de los libros, me di cuenta que tal vez era por mi tez trigueña, mi pelo lacio y mi nariz fina. Una vez mi tío pegó un cartel en la puerta que leía : “LUIS MUÑOZ MARÍN: Es lo Más Mejor.” Mi padre, al ver eso, se molestó tanto que al otro dia quitó el letrero de tío y en su lugar escribió: PEDRO ALBIZU CAMPOS: patria antes que colonia. Mi padre y mi tío no tenían mucha escuela que digamos, ambos eran autodidactas y aprendieron lo básico con mucho esfuerzo. Y fueron los dos para mi como el cuerpo y el espíritu, como la sombra y la luz. Para ellos, Muñoz y Albizu eran los dos titanes que trataban de forjar una nación; fueron lo más grande que ha dado Puerto Rico en el siglo veinte.
Pues como te decía, estaba entusiasmado con la idea de ver al hombre de la pava cuando sucedió algo que cambió mis planes. Una pisicorre subió la cuesta del camino polvoriento, tenía unos altoparlantes y anunciaba la llegada de un circo. ¡Imagínate!, yo nunca había asistido a un circo y todo lo que tenía encima era una triste peseta que mi padre me había dado antes de partir para Nueva York, ya que así decían siempre que se embarcaban para los Estados Unidos. Entonces se me ocurrió pedirle a mi tío que me llevara a ver el circo, pero él insistía que fuera a ver el gobernador porque eso iba a hacer historia en el barrio. Y claro, eso fue lo más grande en el barrio antes de que llegara el obispo, o cuando vi una vaca parir en el pastizal desde el salón de clases, o el primer televisor que engancharon en las ramas de un árbol de pana, cerca del rancho de tabaco de don Felo; pero eso es otro cuento, ya te contaré otras historias después , en otra ocasión.
Mi tío Toño era el aguador de los picadores de caña y más popular que el mismo Marín. Se peinaba su cabellera frondosa para atrás, como Gardel y se untaba brillantina Alka y agua de Florida Murray. Cuando yo le pedía algo se ponía el dedo índice en los labios, luego se rascaba la cabeza y me decía “ya viene, ya viene”. Y yo esperaba impaciente a que él actuara de una vez por todas, hasta que por fin, después de yo pedirle y pedirle, se dignó a darme los chavos para que fuera a ver el circo, pero solo.
Los hombres del circo se instalaron en la falda del monte. Era un circo miserable, pobrísimo. Una vez levantaron la carpa sucia, llena de remiendos y con las siglas U.S.A. por doquier, conectaron un cable eléctrico que llegaba hasta la tiendita de don Monche, uno de los pocos negocios que tenía luz eléctrica en La Vega. Luego, anunciaron el espectáculo por unos altoparlantes. La atracción principal consistía en enterrar un hombre vivo por veinticuatro horas. Eso avivó más mi curiosidad infantil, tanto que me atreví a ir solo.
La función comenzaba a la siete, pero yo me fui una hora más temprano. Cuando abrieron la carpa, me apresuré a pagar mi boleto de entrada y me senté en una lata vacía de galletas marca Sultana, pues no tenían muchas sillas. Me ubiqué frente a la tarima, cerca del maestro de ceremonias. Una vez acomodada toda la gente, apareció en escena un hombre tan flaco que parecía que no había comido en años. Era el trapecista. Cargaba una soga, y por su cara seria y larga, yo pensé que se iba a ahorcar. Se subió al trapecio y comenzó a hacer piruetas en el aire. Yo lo contemplaba asombrado y con miedo de que se cayera sobre mí y me lastimara con sus huesos. El pobre cristiano, a pesar de todo no lo hizo muy mal y recibió un gran aplauso. De inmediato apareció en escena un payaso montado en lo que parecía ser la figura de un caballo hecho de paja, e hizo lo imposible para hacer reír al público. Pero la gente lo que quería ver era la resurrección del hombre enterrado vivo y de vez en cuando miraban hacia el hoyo cubierto con una sábana. Después de un mago que sacaba la misma paloma de su manga una y otra vez, el esperado momento llegó. Hubo un silencio súbito. Todas las miradas estaban pegadas a la tumba del vivo enterrado. Tataratán....
Pero aquel hombre no se movió. Lo sacaron con la barriga hinchada y más pálido que una azucena. De pronto se escuchó un silbido y el hombre se vació; salió disparado como un globo a propulsión a chorro. El pedo fue tan sonoro y apestoso que se apagaron las luces y se formó un despelote. Yo, ni corto ni perezoso, corrí sin mirar para atrás. Todo estaba oscuro, pues todavía no había alumbrados en el barrio y mientras al otro lado del monte la voz resonante del hombre de la pava se escuchaba… “compatriotas” al compás del “jalda arriba va el partido popular...”, yo iba jalda abajo más asustado que un conejo en tiempos de caza, pero me reía de lo que más tarde los chicos del barrio llamaron “La noche del gran peo”.
─ ¿Y qué te asustó tanto, abuelo? ─pregunta Laurita, mientras se ríe a carcajadas.
─ Muchacha, la oscuridad y los cuentos de brujas que tu bisabuela me contaba. Pero no me fui para la casa, me sentía excitado y decidí caminar hasta el otro lado del monte, donde al parecer las bombillas no se fundieron, para contarle a tío lo sucedido en el circo, y de una vez ver al hombre de la pava colora.
Cuando llegué, el mitin había terminado y unos cuantos campesinos, entre ellos tío Toño, rodeaban a un señor bigotudo y muy carismático. Vestía pantalón gris y una camisa de cuadros blanca y roja. Yo me acerqué despacito, algo tímido. Iba descalzo, llevaba puesto unos pantalones cortos y una cotita gastada, y entonces el señor del bigote me vio, se sorprendió y me agarró por la cintura, me levantó bien alto, mientras decía “Compatriotas, este es nuestro futuro...trabajemos por ellos.”
─Tío, ¿quién es ese señor?
─Ese es don Luis Muñoz Marín, mijito. El que nos sacó los chinches, el de la reforma social, el del pan, tierra y libertad.
─¿El hombre de la pava?
Me sentí algo desilusionado, pues yo pensaba encontrar a un viejo colorao y narizón con una pava de paja en la cabeza, algo así como un Santa Cló. Por supuesto, yo no sabía que diablos era eso de chinches, pero cuando mencionó pan, entonces lo entendí.
─ Ja-ja-ja...¡Guao, abuelo, esa sí es una experiencia fuera de serie!
─ Pero espérate nena, todavía hay más. Cuando mi tío y yo regresamos a casa, por el camino, debajo de unos bambúes, nos encontramos con un hombre muy extraño con la ropa haraposa y con rostro demacrado. Mi tío al verlo se sorprendió y dijo:
─Que raro es ese señor, que camina así a estas horas, ¿quién será?
Yo no le dije nada y sonreí, pues para mí que era el señor del peo.
─ Adiós, caray, ¿y no que estaba en el circo? ─ comenta Laura, sorprendida.
─ Acuérdate que salió y voló como un cohete, y por la cara pálida que tenía, de seguro era él.
─ ¡Ay, abuelo, que de cosas te cuentas!
─Después llegó agosto y con él las clases en la escuelita blanca del cerro. Y yo me sentí contento pues volvía al comedor escolar donde podía comer ricos almuerzos y contarle mi encuentro con el hombre de la pava a los otros muchachos, que era nada más ni nada menos que el gobernador de Puerto Rico . Esa primera mañana de clases me levanté al son que cantaba la radiola, “cuando diga piano, piense en Salvador R. incorporado, la casa de los pianos, en la parada veintidoooos...” A eso del mediodía mi padre regresó en un taxi y me contó de sus viajes a todos los estados, que saludó al Presidente Kennedy y le habló sobre la independencia de Puerto Rico. En fin, un montón de mentiras que yo, inocente al fin, me las creía. Con el tiempo supe que se fue a recoger vegetales a Conneticut, y que si salió del campamento donde estaba era para verse con prostitutas.
Así pasaron los años, me hice hombre. A don Luis Muñoz Marín lo veía por televisión, en las noticias. A don Pedro lo vine a conocer cuando entré a la universidad; había muerto un año después que Muñoz nos visitara allá en La Vega. Según lo que leí en los libros, su entierro fue también uno de los más concurridos en la historia. Luego la necesidad, la ignorancia y el afán de aventura me llevó a las manos del Tío Sam, que me vistió de verde como a muchos otros muchachos, allá para el ochenta, y me fui para Corea Del Sur entrenado para matar. En ese país tan lejano, donde el recuerdo de la islita se convertía en una fantasía, rememoré mis años de infancia, mientras leía en un periódico atrasado, que me había enviado un amigo, la noticia de la muerte de Muñoz. En la primera página, en letras grandes, el titular: “Ha muerto el último de los próceres".
─Según la historia, fue uno de los más concurridos entierros en el país, abuelo.
─Sí, a Muñoz Marín todo el mundo lo quería, bueno ni tanto porque también algunos lo odiaban. Es más, es considerado una de las figuras más influyentes del siglo veinte. Pero, en conclusión, Laurita, El vate, así le decían a Muñoz, abandonó los ideales propios para atender las necesidades del pueblo y no pudo cumplir la promesa de independencia. Así como el hombre aquel voló, así también voló el ideal. Mientras por otro lado, el maestro Albizu entregó su vida como un verdadero guerrero. Aunque uno fue carcelero del otro, por esas circunstancias de la vida, ambos afirmaron la nacionalidad puertorriqueña, uno mediante la lucha armada y el otro mediante las elecciones. Pero los dos fueron grandes en su estilo. A veces me pregunto qué habría pasado si Albizu hubiese sido el gobernador y Muñoz el independista radical. O cómo habría sido la historia si Albizu en vez de usar la lucha armada hubiese usado la no-violencia como lo hizo Ghandi en India y Luther King en los Estados. Sería interesante, conocer los resultados. Pero siempre he creído que Muñoz pudo haber sido un buen escritor, tenía madera para eso; hasta se casó con una escritora gringa.
─Es muy bonito y significativo, abuelo. Gracias a hombres como él hoy la Isla es libre y soberana. Ya no existen líderes partidistas ni caudillos, pertenecemos a la gran unión latinoamericana, tenemos buenas relaciones con los Estados Unidos y la globalización del mundo nos ha acercado más a nuestros hermanos países. Gracias a Albizu, a Muñoz y a todos esas mujeres y hombres que forjaron la patria junto a ti, abuelo.
─Así es mijita. Oye, dile a tu papá que tengo el palito cargado de guayabas, que venga uno de estos domingos para que se lleve unas cuantas. Me imagino que hoy se vende mucho lechón asao por allá , ¿verdad?
─¡Ay abuelo, hasta acá me llega el olorcito!
De pronto hay una pausa. Don Jacinto ve en su televisor algo que lo asombra y dice:
─¡Pero que ven mis ojos , no puede ser...! Oye nena , cambia al canal dos y mírate esto...
Laura cambia de canal y se ve a una anciana arropada con la bandera americana, carga una batuta y tiene el pelo pintado de azul y rojo. Marcha al compás de unos robots hechos en China, para efectos publicitarios.
─¡Dios mío! – exclama don Jacinto ─esa... esa es...pero no, no puede ser...esa es doña Myriam ... ¡A la verdad que a esos estadistas la terquedad no se le quita ni con la edad!
─¿Y quién rayos es doña Myriam?
─ Una señora estadista que para los noventa se trepaba en los postes y puentes a enganchar banderas americanas.
─ Ya veo abuelo, son los rezagados; los que todavía quieren la estadidad a toda costa.
─Ay, mijita, que Dios nos salve el lirio, porque esto es pa'rato....Bueno te dejo negrita, Dios te bendiga.
─Nos vemos, hasta luego abuelo, cuídate.
Y después de un relámpago acompañado de una musiquita, la pantalla se apagó.

Glosario
chavos- moneda de un centavo
pava-sombrero de paja logo símbolo del Partdo Popular Democrático
cotita- camisa
Choliseo- el nuevo coliseo de Puerto Rico, llamado José Miguel Agrelot, don Cholito, cómico puertorriqueño
lechón-cerdo
pisicorre-automóvil con puertas de madera
palito-árbol pequeño
peseta-moneda de veinticinco centavos americanos
panas-fruto del árbol panapén, verdes y redondas; su pulpa es blanca y esponjosa como el pan. Los tostones de pana son una delicia.
La Fortaleza-lugar donde vive el gobernador de Puerto Rico, en el viejo San Juan

El expatriado (In Fraganti)

El expatriado (In Fraganti)
Era uno de esos boricuas trotamundos que vagaba por la cosmopolita ciudad de Madrid y que por las noches se iba a la cama a soñar con plátanos, carne de puerco asada y alcapurrias. Desde el Parque del Oeste al del Retiro se le veía caminar y confundirse con los miles de turistas que a diario abarrotaban las calles. Por las tardes cenaba en un reducido café, siempre esquivando a algún estudiante puertorriqueño.
El senador del verbo florido y refranero por excelencia, como le llamaban, don Gregorio Goya y Rivera se hizo errante por un limitado descuido. Solterón empedernido buscaba con mucho afán una esposa para salvar su reputación, pero sus exigencias eran tan altas que no la encontraba. Una vez, en plena campaña el partido le había dado toda su confianza y hasta se mencionaba que ocuparía la Secretaría de Estado si se ganaban las elecciones.
Un día se celebró una convención en un famoso hotel de la capital. Don Gregorio olvidó poner en su puerta el letrero de no interrumpir y la mujer que hacía la limpieza de su cuarto, entró y lo agarró en fraganti con las manos en aquello que hace al hombre macho, mientras espiaba a las turistas en bikini que se bañaban en la piscina. De ahí a la Comay, programa de televisión notorio por sus chismes políticos y faranduleros, sólo fue un paso, y el suceso se regó como pólvora. A don Gregorio no le faltaba dinero, por supuesto, sus miserias eran espirituales, y el senador refranero se marchó para España solo, triste y muy avergonzado. La sociedad que tanto lo alababa ahora lo condenaba en nombre de la moral más puritana.
Sacaron una plena que se hizo muy popular, y, dondequiera que el pobre hombre iba, parecía que estaba condenado a oírla.

“En el cuarto de un hotel
en calzoncillo y franela
encontraron a Goyito
jugando con la Manuela”.

Pasaron ocho años, dos cuatrienios de ausencia de su amado terruño. Un día, en un Café tablao de Madrid, se encontró con un ex-gobernador que le decían “El Gallito”, muy amante de lo español, y éste lo invito a ver su casita en Segovia. Se aventuró a ir con él. Fue un viaje maravilloso. El automóvil cruzaba los soberbios montes de Guadarrama. A veces se encontraban con un carro con su hilera de mulas tordas y un jovial arriero y eso le traía a la memoria la cuesta del farallón de su pueblo. De cuando en cuando pasaban rápido por delante de casitas de campo las cuales comparaba con la de su verde arrugado monte allá en la sierra de Cayey, suspiraba y decía: “¡Ay, mi Collores!”
–Debería usted volver, don Goyo. Allá nadie se acuerda de su infortunio, y además todo ha cambiado. Ahora con eso del reggatón y lo que le pasó a Clinton, a nadie le importa la vida sexual de nadie – le aconsejaba el “gobe”.
Alentado por esas palabras, creció en él el deseo de volver. Ya no aguantaba más la nostalgia. Por fin llegó el momento de retornar a la Isla, y esa misma noche cogió un avión para San Juan, vía New York. Le temblaban las pantorrillas mucho antes de que viera tierra. Volvía, volvía a casa. El corazón se le quería salir por la boca. ¡Qué emoción!
Goyito tenía pensado, tan pronto pisara el aeropuerto, visitar una cafetería, y pedir un yaucono expreso y un media noche. Agarró su bolso y esperó su turno para salir del avión. Caminó un rato embelesado al ver los grandes cambios efectuados en el aeropuerto Luis Muñoz Marín, cuando de pronto vio a un maletero desocupado, lo llamó y le entregó sus maletas. El muchacho, contento, le dijo bienvenido mister, y mientras montaba las maletas comenzó a cantar algo que sacó de su ensueño al ex-senador: “En el cuarto de un hotel...”
Nunca salió del aeropuerto. Giró en redondo. Sacó otro boleto de vuelta y se fue para España en el primer avión que salía, donde se le ve merodear por el Parque del Retiro, y soñar con alcapurrias, café colao y pasteles de yuca.
* Inspirado y basado en un cuento de John Cheever titulado “La mujer sin país”.
FIN
Glosario:
Boricuas= puertorriqueños
Alcapurria= fritura hecha con masa de plátano y yautía
Plena= música tradicional de Puerto Rico
Collores= barrio del pueblo de Juana Díaz inmortalizado por el poeta Luis Llorens Torres en su poema “EL valle de Collores”.
Pasteles= comida típica hecha con masa de plátano y/o yuca, pero en vez de freirla como a las alcapurrias, la cocinan envueltas en hojas de plátano.
Yautía= vianda

De huesos y palabras


¡Ay!, qué será de mi cuando ya no tenga huesos ni palabras...

Me desperté, y al querer estirarme para aflojar las coyunturas, no pude hacerlo. Traté con esfuerzo de desplegar mis brazos hacia los lados, mientras intentaba abrir la boca, pero no pude moverme ni un centímetro. Me sentí como un charco sobre la cama, con los ojos bailándome en las cuencas, y la piel, puro pellejo. De pronto una risa hueca me sorprendió, y veo, lo que parecía ser mi esqueleto apoyado en la pared; y éste, de manera cínica me dijo:
—Sin mí no puedes hacer nada, ¿verdad querido?
—¿Pero qué haces ahí?, pedazo de huesos —le dije.
Le ordené que volviera, pero el muy condenado se negaba.
—Hoy es tu día libre y yo me encargaré del quehacer de la casa —me dijo con ternura.
—¡Ah, sí!, ¿y cómo te las arreglarás sin mi cerebro, pedazo de fósil?
—Yo también tengo mis sesos, mijito, por si no lo sabías, es una copia virtual del tuyo.
Respiré su soberbia. No me quedó otro remedio que aceptar su individualidad.
—¿Y qué es lo primero que vas a hacer, saco de huesos? —le pregunté, desafiante.
—No te preocupes ya lo tengo todo calculado, amorcito. Primero te prepararé un café negro como a ti te gusta, pero antes déjame que saque la basura.
Tan pronto dijo eso, se fue deprisa a la cocina, vació el zafacón*, abrió la puerta y salió tarareando una canción de Serrat, esa que dice “no hago otra cosa que pensar en ti”... entonces me acordé que el perro estaba suelto, pero ya fue muy tarde para decírselo.
*zafacón
– m. amer. Cubo para recoger la basura.

jueves 22 de enero de 2009

CUENTÍNIMOS


Mi duende
Mi duende se llama Marcela. Es algo traviesa, pero jovial. No me esconde los zapatos ni las llaves, pero se divierte imitando nuestras voces. A veces me llama y me habla con la voz de Julia, y yo contesto. Entonces oigo a mi esposa que me dice yo no te he llamado. Otras veces es lo contrario y es Julia la que escucha mi voz. Creo que Marcela vive debajo de la planta de albahaca…todavía puedo sentir su aroma en mi piel.
Desterrado
Al llegar a aquella fría ciudad norteña, el poeta anduvo cabizbajo por sus calles de polvo infinito en busca de un empleo; al pasar por los mercados probaba las muestras de frutas en promoción; en la plaza se bañó en el balneario público; en la farmacia compró unos cuantos caramelos y al guardarlos en su bolsillo, pensaba en los niños de la calle. Cuando andaba por los aceras, cuan grande fue su sorpresa al encontrarse varias hojas de papel las cuales recogió con ternura. En el bar de la esquina, con tan sólo unas cuantas monedas ahorradas, se tomó una copa de vino, en la hora feliz. Inspirado, le decía hola a los desconocidos, pero nunca adiós a sus queridos que llevaba muy adentro de su corazón encendido. Se dirigía hacia la biblioteca pública, su hogar, pues pasaba más tiempo ahí que en ningún otro sitio. Trazaba sus esperanzas sobre un papel, hasta que el sereno le notificó que la biblioteca iba a cerrar. Calmado y sonriente, le dijo “gracias” y se marchó. Afuera, entre las ramas tibias de los arbustos, comenzó a soñar bajo la luz de la luna. En el bolsillo de su chaqueta desvaída guardaba un papel donde tan sólo escribió: “Golpe a golpe, verso a verso”. En la mañana, al despertarlo el sol, caminó hasta un portal de la Cruz Roja. Fue muy paciente al esperar un poco de sopa tibia, aunque era el último en la fila.


Pitirre
Dos reclutadores del ejército, sonrientes y muy amables, entran a un salón de clases de la escuela superior donde estudia Ramoncito. Visten el uniforme militar y sus zapatos relucen por el brillo. Han llegado para dar una charla y orientar a los jóvenes sobre los beneficios y ventajas de ingresar al ejército de los Estado Unidos.
Mientras uno de ellos comienza a hablar el otro va repartiendo literatura y regala bolígrafos a los estudiantes. Ramoncito, sentado en la última silla cerca de la ventana se hace el distraído y mira hacia fuera. Un pitirre se ha parado en un árbol cercano y comienza a piar. Por la mente de Ramoncito pasan muchos recuerdos…

Quisiera ser como ese pitirre, libre y sin edad. Hoy cumplo dieciocho años y me vienen con esto. Ya soy mayor según los cánones sociales. Ya puedo votar, comprarme una cerveza y hasta adquirir una licencia para matar. ¿Qué rayos buscarán estos cabrones aquí?, por mi parte, ni caso les hago. Le prometí a mi madre que por nada del mundo sería soldado ni mucho menos carne de cañón. No madre, no lo haré, cumpliré tu petición. Yo tenia tres años, me faltaba un mes para los cuatro y vivíamos en un ranchito; éramos muy pobres, los recuerdos que tengo de mi papá son muy pocos mas tengo muy presente lo sucedido como si lo estuviera viendo en este momento. Aún vive en mi memoria aquel día cuando ella me dijo: “Hijito, tú no serás soldado, ni mucho menos, de ejércitos ajenos.” Eso fue quince años atrás, cuando a la abuela le llegó una carta redactada en inglés y leída por el vecino, que decía que los restos de mi padre habían aparecido. Tan pronto lo supo, mi abuela comenzó a gritar angustiada. Aquel día todo el vecindario, hombres y mujeres, se volcaron en nuestro ranchito para consolar a abuela Rosa. Mamá y las otras mujeres la acostaron temprano porque ella se había atontado de tanto mirar el retrato de mi padre con su uniforme militar acompañado de un águila calva con ojos de buitre. Yo entré a la habitación e inocentemente le pregunté dónde estaba papito. Los hombres al escucharme salieron al patio cabizbajos y sin hablar…
El pitirre levanta vuelo.

Asi es la vida
Llamé a una compañía americana para que me informara o activara la nueva tarjeta de crédito. Me contestó una chica anglosajona, y en su mejor español, me dijo:
─La costará un dolor per cada día.

Antesala a una apuesta
Los boletos los encontré al lado de la puerta, en el piso, casi debajo de la alfombra: invitación para la gallera El Combate. No tenía remitente. Llamé a un taxi que me llevó al lugar. Entré, y mientras caminaba el corredor se hacía largo e inmenso. Me sentí minúsculo, las paredes crecieron frente a mí de una manera vertiginosa. Avanzaba cuando al final visualicé una luz algo opaca y en medio de ella dos sombras se peleaban; eran dos hombres de aspecto muy primitivo que desnudos se comían uno al otro ensangrentados. Aterrorizado ante tan dantesca visión, comencé a escuchar murmullos y aletazos, y algo así como el chocar de picos. Despacio levanté la vista hacia los banquillos. La algarabía se multiplicaba y un aletear de plumas y crestas paradas se dibujaban ante mí. El horror aumentó y sentí la sangre congelarse cuando un ojo circular y amarillo me miró lleno de glotonería y deseo. Me sentí como una cucaracha pegada al piso a punto de ser devorada y aquellos ojos redondos no pestañeaban ni un instante. Quise correr pero creo que me desmayé, no me acuerdo nada más, excepto que yacía en el suelo; mi compadre me sacudía y trataba de despertarme. Al fin, tras de recuperar el conocimiento y sin chistar, me levanté apresurado, arrojé los boletos al piso y salí de allí como alma que llevaba al diablo y sin voltearme. Desde entonces juré que jamás apostaría a los gallos.

Colabore: Así es la vida
En mi último año de escuela superior mi maestra de inglés se llamaba la Sra. Gómez. Cada vez que pasaba lista me decía Rivera. Un día, cansado de que me cambiara el apellido le dije que no
era Rivera sino Rivero con una o al final. Ella no me prestó mucha atención, me dijo que eso no importaba y que no existía ninguna diferencia. Fue entonces cuando yo le contesté:
─Lo que usted diga Sra. Gomas.

Las antípodas
Tres niños boricuas encuentran una cueva. Buscan una cuerda, se atan a ella y deciden entrar. Van despacio, cuando de pronto la soga se rompe y caen en un hoyo. Ven un túnel y caminan por él hasta que encuentran otra cuerda, se agarran a ella y sienten que alguien los hala. Son sus padres filipinos.
Tres niños filipinos encuentran una cueva. Buscan una cuerda, se atan a ella y deciden entrar. Van despacio, cuando de pronto la soga se rompe y caen en un hoyo. Ven un túnel y caminan por él hasta que encuentran otra cuerda, se agarran a ella y sienten que alguien los hala. Son sus padres boricuas.

Marzo ocho en algún lugar del mundo
“¿De qué te quejas ingrata? Nunca te ha faltado nada; lo tienes todo: ropa, zapatos, casa y comida…

Vida
El hombre termina de construir su casa. Se sienta en una roca bajo la sombra de un pino a contemplarla. Está reluciente; pintada de amarillo con puertas verdes y un balcón amplísimo. Entonces piensa: “De aquí a diez años el techo se manchará con la lluvia y la humedad; las paredes se craquearán y el sol despegará su pintura.

Se levanta y comienza a reconstruirla.

Cosas de niño
─Mami, voy a jugar a imaginar que nos visitan.
Tocan a la puerta.

De dietas
-Madre, te aviso que esta semana estoy a dieta.
-Hoy hay fetuccine con pollo. -Bueno.

Gajes del oficio
Llamé a una compañía americana para que me informara sobre la nueva tarjeta de crédito. Me contestó una chica anglosajona, y en su mejor español, me dijo:
─Le costará un dolor por cada día.

Personales: Amor de alquiler
Enano con corazón de gigante busca mujer gigante que tenga corazón enano para compromiso serio.

Madre Tierra, Madre Agua
El hombre Fuego y la mujer Agua se abrazan en el aire y flamas mojadas caen sobre la tierra.
La mujer Tierra las recoge y se las lleva al varón Aire. Se abrazan y ríos corren para apagar a Fuego.
Aire y Fuego se consumen dentro de Tierra y Agua.

El cuento de los días
Juan Díaz y Juana Díaz se casaron el mismo día. ¿QUÉ COSA, VERDAD? Se fueron a vivir al pueblo de Juana Díaz. Todos los días se daban los buenos días y veían el programa día a día de Raymond Arrieta. Un día, como tantos, murieron de cacofonía y siguieron sus días bajo la tierra.

Greguerías/De aquí a mil años
Souvenirs de China hechos y vendidos en Puerto Rico [de venta aquí].

Sin marcha atrás
Se ve en un espejo y por un instante es la persona que siempre había querido ser. Ideal en todos los aspectos…excepto en un detalle: acababa de cometer suicidio.


Sobre el teclado
Cerca de las tres de la mañana soñaba con esa persona sentada al lado de la puerta de mis sueños…¿quién será? Y me dije, “Ancha y larga es la entrada y salida de la vida: sales y entras o penetras y apareces”. Pero este acceso, ¿cuál es? Cuando te quedas sentado y piensas, actúas de manera espontánea, sin miedos; y has logrado conseguir disfrutar cada momento, nada te importa y te conviertes en el guardián del tiempo; no hay interés en juzgar al que entra o al que sale, y sus acciones te tienen sin cuidado. Te quedas ahí sentado bajo tu sombrero, y te dan ataques frecuentes de sonreír con los ojos desde el corazón. Que las cosas pasen porque tienen que pasar y punto. Esa habilidad de preocuparse por todo se ha desvanecido. ¿Y el conflicto? Al diablo con él. Que si el que viene se detiene antes de entrar, cavila, retrocede, qué importa. Ahora caigo en cuenta: soy un mero personaje de este cuento aburrido que escribe este tonto escritor. Si al menos se muriera, podría escribir un poco mejor.


El proyecto
Desde que se vistió de hombre y le pusieron un nombre se convirtió en un proyecto.
Más vale no decir nada
Pasó entonces a declarar el único testigo de los hechos: un chimpancé llamado K, que había sido instruido por un científico para que entendiera el idioma de los sordos.
Una vez sentado el mono, un especialista en el lenguaje le preguntó con señas si él había visto al señor Fulano de tal dispararle a quema ropa a Mengano de tal.
El chimpancé se mantuvo quieto y mudo por un momento. Luego estiró sus brazos, los puso en cruz y comenzó a moverlos de abajo hacia arriba. Se detuvo, miró al juez, le enseñó los dientes, y con sus manos se cubrió las orejas, después los ojos y por último la boca. Acto seguido, se levantó y se marchó.
Intrigados, los magistrados le preguntaron al especialista qué quiso decir el mono. Éste les dijo: “El mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal”.


Allá
En el “bauty parlor” del barrio se encontraron Celia y Sofía, después de mucho tiempo de no verse.
―Hola muchacha, como estás. ¿Y qué, cuando llegaste? Hacia tiempo que no te veía, mija ―le dice Celia, sorprendida.
―¡ Hola, Sofi ! Pues apenas llevo una semana que estoy aquí. Allá me gusto pero me sentí sola, tú sabes no es lo mismo cuando uno tiene la familia cerca.
―Entiendo muchacha, pero allá es tan bueno. Yo cuando estuve allá recibí muchas ayudas. Allá no es como acá que se les va to en papelerías y tardan una eternidad para darte un poco e chavos.
―Sí, yo tenía casi todas las ayudas y a los nenes le gustaba la escuela, ya hablan más inglés que yo.
Un señor que acompañaba a su esposa, con pinta de presentao’ , se inmiscuyó en la conversación, y dijo:
―Allá como que hay más respeto, ¿verdad? Nosotros tuvimos veinte años viviendo allá, y en todo ese tiempo nunca vimos basura en las calles ni revoluces políticos. Figúrense, allá hay tanto orden que cuando la guagua escolar se detiene a dejar los muchachos, los carros que vienen atrás se detienen también, y no pasan. Muchacho, aquí se para la guagua y le quieren pasar por encima. Y en to’ ese tiempo que estuve por allá, nunca oímos radios ni altoparlantes altos. Aquí hay que ver el ruido y el alboroto que se forma con los servicios religiosos en las casas y las pachangas políticas. Si es que allá hay respeto y decencia. Cuando tienes una cita con el médico, te llaman con anticipación.
―Igualito a Puerto Rico ―comentó con ironía una de las peinadoras quien tenía su oreja parada, y escuchaba la conversación.
―Asi mismito es. Miren allá no hay ni un hoyito en las carreteras, están bien cuidadas, y Dios libre que pidan dinero en la calle. No, allá eso no va. Es más pa’ pedir chavos allá, tiene que ser pa’ una causa benéfica y tiene uno que vestir decente, sacar un permiso y regalar dulces o algo así a la gente que te da dinero. Así mismo es….Allá…Allá…
Y los “allá” se multiplican entre el somos y no somos de mi pueblo que se muere de nada en su absurdo realismo mágico.


El hombre de la azada
El viejo de la azada pasaba todas las tardes frente a mi casita de madera y cinc. Llevaba la herramienta sobre su hombro fornido, como si fuera un Jesús que carga su madero. El sol del ocaso la pintaba de colores y él levantaba su brazo, me decía adiós y me regalaba una sonrisa. Siempre fue así todas las tardes: yo jugando a los caballitos y el que pasaba y me sonría.
Una tarde de otoño no lo volví a ver. Muchas otras tardes más y extrañé su presencia.
Una mañana lluviosa pasó una carroza negra cubierta de flores.
Yo era apenas un niño de diez años y ya soñaba con ser poeta. Le quise escribir un poema al hombre de la azada pero sólo me salieron lágrimas.

El arte de escribir
Aquel escritor cortaba, reducía y dejaba los textos en la mínima expresión, para luego tirarlos a la papelera. Dichosa papelera; disfrutaba de los que nos privaba el escritor.

Heraclito
Cierro los ojos. Los abro. El mundo ha cambiado.

Ciclo de vida
Comió muchos vegetales. Le creció hierba en la piel. Se lo comió una vaca.

El conflicto


En una isla pequeña y verde vivían muy felices tres ovejitas y un carnero. Un día arribaron a sus playas un grupo de piratas ansiosos y desesperados. Es ahí cuando comienza el conflicto.

Anuncio personal

Señora vegetariana busca jardinero para que le cuide la planta de los pies.


Lázaro
¿Por qué me resucitaste, Dios mío, a una vida mortal?, preguntó Lázaro, lleno de trapos. Y ÉL le contestó, tras una breve pausa mientras señalaba a la multitud: "Por ellos...y por el reino".

Micro y macro
Aquí mi cuerpo con sus bacterias, gérmenes, y microbios...¿se me ocurre pensar si no soy yo acaso, una pulga en la abrupta piel de la Tierra , y la Tierra, arruga del universo?
¿Cómo los vivos desentierran a sus muertos? Se salen de sus sueños y se alimentan de su recuerdo. ¿Cómo los muertos entierran a sus vivos? Se introducen en sus sueños y alimentan sus esperanzas.

Muy interesante
Me dijo que no había sexo, violencia, profanidad, nudismo, politiquería ni religión en aquel nuevo filme. Me fui entusiasmado para el cinema, y cuando llegué encontré la pantalla en blanco y sin sonido.

Monasterios
En un día encapotado, gris y frío, los monasterios son azules y abren las puertas de par en par. Los hombres, en cambio, se tornan excéntricos y cierran las puertas a la afabilidad.

Nosotros
“Nosotros, los seres humanos, somos un poquito más altos que la hierba”, dijo el viejo sabio al humilde pastor que lo observaba en silencio. Luego, miró hacia las estrellas y añadió:
“Pero aun así, terminamos arropados por ella”.

Uno de canes
En la vieja y pueblerina Perrolandia, Cáncer, el amo perruno, perdonó a Pluto por no pagar su renta a tiempo, cuando lo vio una tarde comer alimento enlatado para seres humanos.

¿Sueño o pesadilla?
Adán y Eva, ingenuos, desobedecieron a Dios y cayeron dormidos al comer del fruto prohibido. Todavía continúan dormidos. ¿Acaso somos nosotros sus sueños y sus pesadillas? ¿Despertarán algún día Adán y Eva?

Mi reino no es de este mundo
Era tan distinto, tan fuera de serie, que lo persiguieron; lo golpearon; lo estrujaron; lo escupieron y lo crucificaron. Murió por que nos amaba.

Boletín espírita
Atención: Si usted no fue invitado a la conferencia sobre mejoramiento personal, salud y bienestar, desarrollo de las facultades al máximo y calidad de vida, es porque está usted fuera de su cuerpo. Gracias y buen día.

Capitalismo
Pedía y nadie vino hacia él a ofrecerle una triste limosna. Después, encontró algo para vender y entonces si se le acercaron, pero fue para preguntarle dónde estaba su permiso de vendedor ambulante.

Sex symbol
Se llamaba Norma; durante el día cultivaba claveles, escribía versos y soñaba despierta. Y por las noches se transformaba en la sensual Marylin para apaciguar la lujuria de los hombres. Estuvo en la fiesta pero nadie le hizo caso. Murió de soledad.

Profecía
Cuando era pequeño leyó un libro de ciencia ficción donde se decía que en el año 2000 el hombre no iba a tener pelo. Ahora, cuando me miro en el espejo, lo confirmo.

Tarzán
¡Auuuuu!...se escuchaba el grito viril en la espesura de la selva. ¡Auuuuu!, volvía e escucharse. Auuuuu...se estremecía la verde llanura. ¡Auuuuuxilio!, gritaba Tarzán, cuando Jane le sacaba una espinita de su nalga izquierda.

Inmaculada Concepción
Lupita se emborrachó y fue violada por Concepción, el hijo de Inmaculada que se aprovechó de su sagrada inocencia. Al mes, quedó embarazada. ¿Fue el hijo de Lupita concebido por la Inmaculada Concepción?

Insomnio
Con sus cien ovejas recorría la villa. A mitad de noche, donde hubiese una luz encendida, se paraba para ver si la persona que no podía dormir, le rentaba algunas cuantas de ellas.

Incógnita
Desde que le hice el cuento sobre el hombrecito alado que entró por mi ventana y se mofó de mí, sigo sin entender el más grande de los misterios: que me haya creído.

Dieta
El doctor le recomendó que disminuyera el consumo de sal, que no fumara y evitara el exceso de grasa y caminara al menos unas cuantas millas. Salió a eso de las seis del despacho, y como a eso de las siete lo asaltaron, le dieron una paliza y murió en el acto.

Soltero
Vivía solo e inventaba mujeres. Un día una de ellas lo abandonó a mitad de un orgasmo nocturno. Todavía la busca apasionado entre los pliegues de la sábana y lo íntimo del alma.

Buen apetito
En la cárcel se quejó de hambre. Para su asombro, atendieron su queja y le sirvieron la tan deseada comida. Todo resultó bien, excepto que lo obligaron a comerse la rata viva.

Las noticias
El reportero fue enviado junto a su camarógrafo a cubrir la hambruna en aquel país, pero cometió un grave error: detrás de la famélica mujer entrevistada, un par de gallinas picoteaban el suelo.

La chaqueta
"Sin chaqueta no puede predicar en nuestra iglesia", le dijo la congregación al nuevo pastor. El próximo domingo subió el pastor con su chaqueta; se la quitó, y la dejó tendida sobre el podium.

Asalto
Caminaba muy contento cuando al doblar la esquina lo asaltó una duda; se detuvo por un instante, caviló y luego prosiguió su camino. Fue cuando llegó a su casa que extrañó la billetera.

Asesinato
La mujer embarazada llegó a la cita clandestina. "Proceda, doctor, traje el dinero". El bisturí hizo su trabajo. Sólo los ojos de Dios fueron testigos. Un grito de silencio imperaba en el ambiente.

En el avión
Era su primer vuelo y se sentía emocionadísimo. Miró curioso por la ventanilla y la gente de allá abajo le parecieron hormiguitas. De hecho, eran hormigas: el avión todavía no había desplazado vuelo.

No sea lagarto
Luego de su desdichada experiencia con un lagarto, Florencio decidió escribir un libro. En él daría consejos útiles para mantenerse seguro de los salvajes reptiles. Antes que nada, aconsejaría a sus lectores a que no nadaran por donde hubiesen lagartos. En segundo lugar, insistiría en decirles que bajo ninguna circunstancia le dieran de comer a un lagarto, y por último, pero no menos importante les recomendaría alejarse de los lagartos y sobretodo a no imitarlos.

Mil y una aventuras
Salió de su casa y al doblar la esquina se sintió perdido. Caminó por los lugares más inhóspitos y extraños; recorrió el mundo; fue pirata, poeta, esclavo y señor.
Oscurecía, cuando al llegar a un recodo divisó una casa con una ventana iluminada. Cansado y agobiado se dirigió hacia ella. Nervioso, tocó el timbre. Lo recibió su mamá con vaso de leche tibia y unas cuantas galletitas.

Fugacidad
La humanidad, después de celebrar el acontecimiento más grande del siglo, al son de ruidos, pompas y platillos, lanzó al cielo grandiosos fuegos artificiales los cuales se desvanecieron casi al instante, dejando a la vista la majestuosidad perenne e infinita de las estrellas...

Dulce esclavitud
Por fin, a los cincuenta, se retiró. Ahora podría realizar su más caro anhelo: tener una modesta y limpia casita en la ladera del campo, rodeada por un bello jardín e inmensos árboles que le dieran sombra. Tendría, a su vez, un gato enigmático y dormilón, y una súper biblioteca llena de libros de cuentos. Allí, en esa casita daría libre rienda a su egoísmo, sería libre como nunca antes. Atrás quedaría la esclavitud del amor y de la ternura, y ya sólo le importaría su libertad. Así se hizo.
Cierto día se levantó desolado extrañando un simple “gracias” y deseó ser de nuevo esclavo de la ternura, aunque nadie se lo agradeciera.

El ave que más abunda
Esa tarde del viernes Simón no encontraba nada que hacer; se sentía aburrido y aletargado; y mientras su mujer se entretenía desollando unos pescados, él daba vueltas por la casa con su tazón de vino en mano. De súbito se escuchó una algarabía procedente de la calle. Curioso, Simón se asomó por la ventana y vio que una multitud se acercaba, vociferante y estruendosa.
―Simón deja de estar curioseando y ven ayúdame con los pescados ― le dijo su mujer, airada.
Pero Simón, más curioso que el gato, deseó saber qué era lo que ocurría, y lanzándose por la ventana corrió hasta donde estaban las personas. Una babel de voces se escuchaba profiriendo palabras obscenas y gritando. Entre una hilera de centuriones, Simón podía entrever a un hombre muy joven que cargaba un madero en su hombro, mientras recibía latigazos para que avanzara. Aumentando su curiosidad, y pensando que al fin algo divertido sucedía, se fue acercando a empujones, más y más. Cuando pudo llegar, vio a un joven que cargaba un pesado madero, pero estaba tan cansado que cayó al suelo. Uno de los centuriones, al ver que Simón se acercaba, lo agarró de repente por los hombros y le dijo:
―¡Oye, tú, toma el madero y cárgalo ahora!
Y esta es la breve historia del que supuestamente ayudó a Jesús el nazareno, a cargar la cruz. Fue nada más ni nada menos que un “averiguao”, como dicen en mi barrio.

Creación
El espíritu del Dios Bueno y el espíritu del Dios Malo vagaban por las oscuras aguas. Entonces el Dios Bueno los creó macho y hembra; al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza y con conciencia ecológica, pues los hizo bio-degradables. El Dios Malo, como no podía crear, se inventó un espejo y se lo puso frente a la núbil pareja. Es por eso que El Dios Bueno multiplica y suma, y el Dios Malo divide y resta. El Bueno se purifica en el calor y el Malo se pudre en el en el frío. El malo da para quitar y el bueno quita para darte más y en abundancia. El malo es mentira que parece verdad y el bueno es verdad que parece mentira. El bueno crea y el malo se recrea. Para el malo morir es una condena, y para el bueno morir es nacer a la vida eterna.

Todo un oficinista
Maletín, sombrero y paraguas en mano, llegaba fielmente a la hora exacta. Entraba a la biblioteca, se sentaba al lado de la ventana, sacaba su periódico y comenzaba a leer. A eso de las cinco menos quince, se marchaba. Tal vez mañana la cosa podría ser diferente…no todos los días se consigue una buena posición para un ejecutivo sin trabajo.

Volar

Siempre soñó con ser invisible y poder volar. Elevarse por encima de los árboles y edificios y penetrar en casas, aviones, trenes, autos. Un día se le murió el cuerpo, despertó y pudo al fin lograr su sueño.

Socrática
–Me encanta pasear por los centros comerciales –dice don Gaspar–. Me entretengo mirando todas las baratijas que no necesito para ser feliz.

Folio en blanco
La vio temprano en la mañana. Estaba pálida. Intentó acariciarla pero ella, esquiva, le dio la espalda. Por la tarde regresó con un puñado de pájaros en su imaginación y entonces ella se llenó de sueños.

De libros
«Hijo mío, ten presente que el hacer muchos libros es algo interminable y que el mucho leer causa fatiga» (Ec 12:12). Así escribió el Predicador hace miles de años. Y cuando lo escribió, hizo otro libro.

Barriga llena

Aquel año fue para el pueblo el de las vacas flacas; había escasez pero pocos morían de hambre. El siguiente año fue de vacas gordas y la abundancia se salió de proporciones. Fue ese año cuando más personas murieron.

Robotcop

“Tienes derecho a permanecer callado”, le dijo la máquina al delincuente. Sacó su pistola y le disparó en la boca.

La muerte viva
Siempre se le hizo difícil decir no, evitaba el conflicto. Un día se volvió mimético con el ambiente que le rodeaba. Se murió vivo.

Cenicienta

El Príncipe no podía creerlo. ¡Estaba bailando con Cenicienta! En ese momento sonó su celular.─ ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! ─exclamó─–. Mi madre me necesita.Atravesó el salón como un rayo, y al bajar las escaleras perdió su celular. Cenicienta, desconsolada, lo recogió. La novela apenas comenzaba.

De héroes

En la oficina del médico se encontraron dos hombres; uno muy fornido y otro muy flaco.─¿Qué te pasa a ti? ─preguntó el flaco.─Oh, no mucho; me estoy quedando calvo.─¡Qué pase Sansón! ─ gritó la enfermera.

Lecturas
Leía un libro, cuando al pasar una página, tropezaron sus ojos con la huella de unos labios rosados. Detuvo la lectura y lentamente los fue besando. Dos mariposas brotaron de entre las páginas.

Prisionero
Prisionero en aquel campo de concentración nazi, vio como uno a uno de sus amigos moría de hambre. Presagiando un fin igual, escribió un poema: toda una vida en un pedazo de papel.

Hombres
Mírense en mí y sigan mi ejemplo, repetía el hombre espejo a los hombres piedra que pasaban por delante. Hasta que un día uno de ellos se detuvo a mirarse. El espejo calló.

Nuevo hogar
La luna brillante y plateada en el inmenso azul del cielo me enloquece esta noche. En los recovecos íntimos de mi alma guardo secretos oscuros. Mi nombre es Legión y tengo que re-ubicarme…

Genésis

En el Principio Dios creó el cerebro. El cerebro a se creó los ojos. Los ojos formaron el pecado. El pecado se convirtió en hombre. Al hombre lo buscan con una linterna.

Terror
Después de haberle enviado flores, chocolates y peluches, el admirador le escribió una carta muy romántica donde le ofrecía un amor incondicional a la afamada actriz. Ahora ella no puede conciliar el sueño.

Vida en pausa (sin adjetivos)
Heme aquí, con balas en el pecho, en medio de la calle como un perro entre moscas. Las hormigas y el polvo me agobian la nariz. Que cansancio; el sol me jode con su fuego. No logro encontrar el equilibrio para sobrellevar la carga de mi conciencia. Estoy entre la vida y la muerte; me ahogo en un charco de sangre, y el periodista no suelta su cámara para socorrerme. Al paramédico se le olvidó la máquina de resucitar y el capitán ha dado la orden de que nadie se me acerque. Mientras tanto yo sigo en cámara, o mejor dicho, mi cuerpo que yace entre una botella de cerveza y una bolsa de basura. Le debí hacer caso a Genoveva, ella me lo decía siempre: “Cuidadito mijo, no salgas a estas horas, mira que en la calle hay peligro”. Ahora ella estará viéndome por televisión tanto como yo me veo ahí en la brea…y mañana ya puedo ver la plana de los periódicos: POLÍTICO CAE EN REDADA Y MUERE SIN LOS AUXILIOS.

Pequeña muerte
Sentada frente al espejo acariciaba su enorme gato, entre sentimientos de nostalgia y suspiros de amor. Por un momento el lomo del felino se tornó en espalda ancha y brazos musculosos …un leve gemido rompió el silencio.

Escritor
Prisionero en aquel campo de concentración nazi, vio como uno a uno de sus amigos moría de hambre. Presagiando un fin igual, escribió un poema: toda una vida en un pedazo de papel.

Incúbus
La luna brillante y plateada en el inmenso azul del cielo me enloquece esta noche. En los recovos íntimos de mi alma guardo secretos oscuros. Mi nombre es Legión y quiero liberarme.

Huy, que miedo
Me creía alguien realmente muy importante y único, hasta que un día gris una señora me confundió con su ropa de lavar y me quitó la sábana. A propósito, me llamaban El fantasma.


Objetos perdidos
Como por arte de magia, se desaparecían los objetos y cosas de la casa de Demetrio. Pensó en muchas posibilidades: primero: se estaba volviendo loco y no recordaba donde ni cuando ponía las cosas. Segundo, tal vez alguien le jugaba una broma pesada. Tercero: quizás un duende travieso y malo…''pero no, es absurdo'', se dijo. Aturdido, se levantó de la cama, y, después de muchas cavilaciones, cayó en cuenta de que estaba muerto, pues al tomar la brocha para afeitarse, al mirarse en el espejo no pudo verse.

¡Eso si es un obstáculo!
―A ver señorita, dame por favor un boleto de la lotería para el día de mañana. Anoche soñé que me iba a pegar con el gordo, y fue aquí mismito que lo compré, y era usted, quien me lo vendía con una dulce sonrisa en sus labios...
―Lo siento señor, pero la máquina de la lotería está fuera de servicio.

Religiosos
El viejo sacerdote y el joven ministro se preparaban para un debate teológico. Ambos oraban; ambos se prepararon en la materia; se pusieron una Biblia bajo el brazo y se llevaron consigo sus libros de teorías. El sacerdote se llevo su libro "Como Predicarle a un Ministro", y el ministro a su vez se llevó su librito "Como Predicarle con Razonamiento a un Sacerdote".
Afuera se mecía el viento entre las hojas de los árboles, una niña sonreía, una tenue y blanca nube cruzaba el cielo azul infinito, y Dios…¿acaso escuchaba?

El contrato
La competencia era de tal magnitud que los promotores y el agente de la famosa cantante, para que no cayeran sus ventas y se deshiciera su fama, consultaron a un experto, de aspecto, muy viejo y experimentado. Este le diseñó un plan para que la cantante lograra el éxito a través de una nueva imagen. La cantante fue consultada y aprobó el contrato, el cual le brindaría millones de dólares en ganancias. Al fin y al cabo, ella era "la artista y no la imagen de una fotografía", se dijo a si misma y se marchó.
Sonriente, el experimentado experto, echaba a su bolsillo el alma de la cantante.

Des-cerebrado
En un cierto momento indefinido de su indefinida vida se había dado un traguito, dizque que para despejar la mente y relajar el espíritu, pero terminó convertido en una botella más de las tantas desparramadas por ahí. Trató de esconder la horrenda metamorfosis untándose cola para madera, pero fue en vano. Un día, al llegar a la oficina, al sentarse, tambaleó, cayó al piso y se rompió. Todavía el conserje, con su habitual parsimonia y silbar, recoge con detenimiento los más pequeños pedacitos de vidrio, pues teme cortarse los dedos.

Marylin
Capítulo Uno
Por fin se graduó Marilyn. Ahora, busca con afán un trabajo para cubrir sus gastos de maestría, y que recompense esos años de estudio y dedicación; que le dé la suficiente independencia para vivir con originalidad, abundancia y creatividad. Pero la realidad es espantosa, dura y cruel; ni condena ni perdona, y en medio de su habitación, todavía con aire a niñez, nuestra señorita repasa y rebusca las pequeñas piezas del rompecabezas de su vida. Se mira al espejo que no miente, y nota que su carita es, bonita, que la ondulación de su cuerpo se acentúa...y sonríe, pues ya ha hecho volver "esas miradas" de los hombres. No lo piensa dos veces y considera la oferta de trabajo que le sugirieron, pues al fin y al cabo, pagará lo suficiente para salir del paso.
Capítulo dos
Es sábado y la gente se arremolina en el supermercado. En una esquina forrada de palmas y arena artificial, una hermosa chica, luce un atractivo bikini a rayas, sonríe casi de manera automática a los transeúntes, repite sin cesar: "¿Cerveza señor?, la ha probado usted? ¡Aproveche el especial!"

Las opiniones apestan
Me dijo: "Oye, sabías tú que hay más cubanos en Miami que en La Habana, más Puertorros en New York que en San Juan, más chinos en San Francisco que en Peking, bla, bla..." Me quedé un rato meditativo, me fijé en lo ancho de su frente, lo paré en seco, y le dije: "Si, ya veo, hay más europeos en América que en Europa y también hay más cabello en la parte trasera de tu cabeza que en la delantera..."

Ave María amén
Era una villa como otra cualquiera hasta que un gris y aburrido domingo uno de los muchachos gritó: ¡La Virgen, he visto a la Virgen! Desde entonces, la plaza se llenó de vendedores ambulantes, aumentaron las ventas del pequeño comercio y se abrieron hoteles de gran lujo para los miles de turistas y feligreses que procedían de todos los confines del mundo.

El profeta
En un lugar del Caribe, de cuyo nombre no me acuerdo, un profeta llegó a los campesinos; les habló de pan, tierra y libertad. Entonces les dijo: "Manteneos humildes". Al paso del tiempo, el campo se hizo villa, la villa se hizo barriada, la barriada creció hasta convertirse en una ciudad, y al fin ésta terminó en una metrópolis. El pan les llegó muy fácil, la tierra se concretizó en piedra, y la libertad se la juegan todavía los politicastros de oficio.

El estatus de la Isla
Por fin se solucionó lo del estatus. Las playas seguían llenas; se bailaba salsa y merengue; se jugaba baloncesto; se formaban concursos de belleza, y se comía buen mofongo como de costumbre. Ahora, eso sí, la prensa empezó a buscar otro tema, en el colmado las jugadas de domino se convirtieron sosas, pues ya no se discutía de nada, y los políticos comenzaron a mirar la religión y el comercio en busca de un nuevo modus vivendi. Algunos de ellos se preparaban con anticipación para el estatus del planeta Marte...

Un paso pequeño
Cuando se le ordenó a Togo Gogo, el más bobo de los simios de la caverna, a que saliera afuera y trajera unas bananas para el desayuno, éste se marchó y nunca mas se supo de él…¿qué le ocurrió a Togo? He aquí una de las tantas versiones que ha originado el mito:
Lo que pasó fue que, como era la primera vez que nuestro héroe salía afuera, pues iba muy pasmado de asombro por todo lo que escuchaba y veía a su alrededor, que de pronto se hizo de noche y en el azul inocente del cielo apareció la luna. ¡Cuán grande fue aun su asombro al contemplar el iluminado disco inerte! Tan emocionado se sintió que se babeaba y saltaba por tratar de agarrarla con sus manos peludas; gemía y se golpeaba el pecho frustrado, hasta que , ya sea por iluminación automática causada a fuerza de golpes, o por inspiración divina, -¿chispa del instinto o genio maléfico?- sin querer y sin pensarlo, agarró el garabato que llevaba consigo para tumbar las bananas, y curveándolo como si fuera un arco, se encaramó en uno de sus extremos, soltándose luego para salir disparado hacia arriba a una velocidad vertiginosa, perdiéndose en lo infinito.
Han pasado mil veces dos mil garabatos, perdón, dos mil años. No hace poco se vio llegar a esta enorme caverna donde convivimos los seres humanos, a un hombre con cierto parecido a nuestro héroe perdido, de cierto, después de algunos análisis e investigaciones debidas, se comprobó que era Togo. Toguito, como cariñosamente se le empezó a llamar por los científicos, no trajo consigo los dichosos plátanos verdes ni maduros, pero, con un simple gesto de orgullo mezclado con humildad, se metió las manos en el bolsillo, depositó sobre la mesa un montoncito de rocas lunares y dijo, dijo: “Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”.

La primera transacción
Dios concluyó con la creación y le preguntó al hombre cómo se sentía.
―Muy solo y aburrido ― contestó la criatura. Entonces Dios envió al Primer Ángel para que le ayudara, y éste, después de haber conversado y visto la situación por la que atravesaba el hombre, fue donde Dios y le sugirió que Adán debería de tener una dulce compañera, preciosa y tierna que le diera compañía y amortiguara su dolor. Así se hizo y Eva fue su nombre. Cierto día Adán le declaró a Eva lo que sentía:
―Sabes, que si lo quieres, te puedo regalar todos los diamantes de este paraíso, pero aún así no sería mucho para expresarte mi amor. Tal vez con tan sólo una flor podría yo expresarte mejor lo que siento, pero tampoco impactaría lo más profundo de mi ser. Eva, no te doy diamantes, no te doy una flor…te doy
un pensamiento envuelto en amor para siempre.
Y Eva le dijo:
―Está bien, no te preocupes papito; nos haremos cargo del negocio, más tarde.

Ebrio
Se quedó dormido y tuvo la pesadilla más realista de su vida: su muerte. Siempre buscó la mejor posición, el lado fácil de las cosas, la mejor oportunidad, la mujer más bonita, la mejor cerveza. "Labia y pene es el hombre", solía decir, y "tanto tienes, tanto vales" era su máxima. Si había que tomar era para hacerlo de verdad, a lo muy macho, sin tenerle miedo al cadejo. No despertó, pues tal como vives, así morirás: se lo llevó El Cadejo.

Saber reír
El Gran Boco Bozo, cómico por excelencia, dejó entendido, antes de morir, que su entierro fuera una fiesta, y que se invitara a los mejores comediantes del patio. Bien, así se aceptó su pedido, y nuestro caballero "estiró la pata y enrolló el dedo gordo". Y cuentan que antes de expirar se rió tanto y tanto, que todavía podía escucharse su cascabelera risa al día siguiente de su entierro. Boco Bozo, conoció en su vida el verdadero secreto de la muerte, de esa muerte que no apesta ni hiede pero que se apodera del alma como un frío de silencios. El Gran Boco supo que al final son aquellos los que conocieron el fondo negro de la tristeza, los que de verdad saben reír, sin tener que reír mejor por ser el último.

Abductado
El abductado nativo fue abandonado en un lugar equivocado por los alienígenas: en medio de una gran y civilizada ciudad. Cuando por fin, después de una larga y exhausta caminata, vio una fuente, corrió y se metió en ella. No estuvo mucho rato; fue arrestado por exposición indecente y daño a la propiedad ajena.

Civilización
Nació la ternera, la metieron en una caja para que no crecieran tendones. Todo para que la mordida fuera más exquisita.

El instinto de escribir
El submarino se hundía en la negrura del mar. Sin tener mucho tiempo, y sin saber por qué, el marinero Dimitri comenzó a escribir en una frágil hoja de papel unas líneas a su esposa: el último fragmento de la historia de su vida.

Diario
Ese día, Ana se levantó temprano y vio a través de la ventana que llovía a torrentes. Escribió en su diario "día lluvioso", pero a dos cuadras de su casa hacía un sol esplendoroso.

La verdad
"Yo soy el camino, la verdad y la vida", decía. Y antes de que fuera arrojada la primera piedra, desapareció.

Terquedad
Había muerto, pero se negó a aceptarlo porque era muy terco. Hasta que un día, al estornudar, se le despegó la nariz, y entonces se resignó a sus destino.

El instinto de matar
El niño arrancó la planta de cuajo, mató unas cuantas hormiguitas que había en sus hojas y le llevó la flor a su mamita.

La ventana
Todas las tardes, Don Gaspar, leía su periódico vespertino como si fuera una experiencia religiosa; lo doblaba y luego se dirigía hacia la ventana, costumbre esta que llevaba desde hacía mucho tiempo; entreabría las verticales y se quedaba un rato mirando a través del cristal, como si buscara una novedad, mientras sus pensamientos divagaban en recuerdos.
Una tarde, no le hizo caso su esposa, de que dejara de mirar hacia afuera, pues iba a pasar un gran susto, y al mirar se encontró frente a frente con dos ojos enormes que lo miraban fijamente. Era su suegra.

La butaca de la oración
Me invitaron a la exhibición de una nueva butaca, la cual, según la promoción, hacía posible acercarse a Dios. Curioso y perplejo a la vez por tan extraño artefacto, me dirigí al lugar donde se llevaba a cabo la conferencia. Al llegar, noté que había mucha concurrencia, pero aún así me hice camino lo suficiente como para estar cerca del conferenciante, un tipo narizudo y flaconcio, que después de unas palabras flaustinas e intentos de hacer reír a la audiencia con elaborados chistes, prosiguió su charla :"Esta hermosa butaca que ustedes ven aquí cambiará y revolucionará la vida espiritual del buen cristiano y de todos aquellos que quieran acercarse más a Dios. Si señoras y señores, así como lo oyen, esto es lo último en diseño y tecnología, y como si fuera poco, esta garantizada a que le devolverá la paz con Dios que tanto necesitamos. Ahí tenemos varios modelos para que usted escoja a su gusto y discreción. Tenemos la clásica matrimonial, y también la llamada del nuevo milenio. Si amigas y amigos, para que la oración se eleve al cielo se precisa estar cómodos, y estas butacas han sido comprobadas por métodos científicos, así como por famosos doctores y eminentes teólogos, que es lo más cercano para la comunión perfecta con nuestro padre celestial. Así como el atleta practica su deporte en la cancha o el músico se concentra en su instrumento, el buen cristiano se va ahora a concentrar en su butaca…"
No supe si reír o llorar, pero lo cierto fue que, guiado por el instinto, o tal vez por lo invitadora que se veían , me dirigí hacía una de ellas, le di unos toquecitos ligeros con la yema de mis dedos; di media vuelta , puse mis dos pesadas pompis en ella, y me quedé dormido.

Las mil y un dinosaurio

─Te contaré el cuento del nunca jamás...─No, no es muy original.─Había una vez, dos...son tres, tres cerditos...─No, ese es muy predecible.“¡Ay, Dios mío, tengo que contarle un cuento ingenioso!”, pensó. Entonces tuvo la más brillante de las ideas y le dijo: ─“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. De ahí en adelante, Scherazada, estuvo mil noches explicándole al rey por qué el animal se quedó.

Usurpado
Dormía cuando tocaron a la puerta. Me levanté, abrí y al asomarme no vi a nadie. Cerré y volví a acostarme. Otra vez tocaron y con paciencia volví a levantarme, pero nada. A la tercera pensé que soñaba y no le presté atención. Me desvelé un rato. Silencio.
Al fin el sueño venció mis ojos y otra vez escuché golpes. A regañadientes me levanté y la abrí de un golpe. Nada. Salí y caminé por el jardín en busca del pesado bromista, pero todo en derredor estaba quieto y callado.
Regresé a mi cuarto, pero la puerta estaba cerrada. Ahora era yo quien golpeaba. Adentro alguien roncaba…

El libro
Eufórico, volvió de la biblioteca con su primer libro; se sentó bajo el árbol detrás de su casa. Lo abrió suavemente por la mitad y esperó a que se acercara la dichosa mosca...¡ZAS!

Gobierno en acción
Los vio llegar en la camioneta del partido. Estacionaron frente a su ranchito de madera y cinc y levantaron el cartel. "Comunidad Especial, tu gobierno en acción", hubiera leído de saber hacerlo.
Esperó a que se fueran, buscó un martillo, y con las tablas del cartel tapó su corral de gallos.
—Por fin ese contrallao gobierno sirvió de algo —masculló

La memoria está en un beso
En el día de su cumpleaños ochenta abrió sus ojos acuosos, miró azorado para los lados, y preguntó:
-¿Quién eres tú?
Ella, siempre madrugadora, esbozó una sonrisa desdentada y le cantó:
─“Estas son las mañanitas que cantaba el rey David…”, ¡feliz cumpleaños mi amor! ─Y lo besó.

Adulescentis XXI
Una semana muy larga ha pasado. Se siente tensa y agitada. Ha hecho cosas extrañas: conversar con su madre, tocar a la puerta de la casa de su amiga y hasta conocer a los padres de ésta. Experiencias rarísimas para la joven, que se siente aislada desde que le prohibieron el uso de su celular.

Y de la clavícula de una mujer
Y Dios dijo: - Hagamos al hombre.
Ellas sonrieron.

Sin cumpleaños
Nací ayer. Hoy he muerto.

El Brontosaurio
Cuando desperté, todavía mi suegra estaba allí.

La Increíble y Triste Historia de la Yegua Verde y su Jinete Desalmado

Por una lejana montaña cabalgaba un jinete, llevaba en la mano un papel para…bueno, no, me equivoqué de línea; debo decir cabalgaba sobre su yegua trota. De súbito, el animal se paró en seco, estiro sus orejas largas y no se movió más.
Anonadado, el jinete se bajó de la silla, dio tres vueltas alrededor de la potra y dijo:
-¡Anda pal cará, lo que me faltaba!
Se sentó en una roca que había allí y esperó a que la yegua reaccionara, pero para su sorpresa ésta comenzó a cambiar su color pardo por uno verde; se irguió en sus patas traseras, dio un relincho que estremeció hasta los estribos la naturaleza adyacente, y su cabeza adquirió forma humana. Su cara era de expresión dura y su cuerpo era gordo como de ballena.
Alarmado, el jinete sacó su pistola y le aventó un par de balazos, sin darle tregua.
-¡Toma, pa que te mueras, ingrata! A aquel fenómeno se le pusieron sus ojos como huevo cocido, mientras que con su boca torcida y mellada, preguntaba:
-¿Dónde está Eréndira, condenado cara de ángel?
Ulises, que así se llamaba el jinete, le saltó encima una vez más y le dio un disparo certero en el pecho. La yegua humana lanzó un gemido, se le echo encima y trato de estrangularlo con sus potentes brazos.
—Hijo de puta —gruñó.
Otro disparo y un chorro de sangre verde le salpicó la cara.

Penélope

Con su bolsita de piel marrón esperaba sentadita en aquel banco mientras tejía unos zapatitos de bebé. Un día pasó un hombre, se detuvo y le dijo: “Hola, soy yo”. Ella no pestañeó, sacó de su bolsa una pistolita y le disparó en el acto.

Gregorio
Tocaron a la puerta. Espió por la cerradura y retrocedió horrorizado: eran los hombres de una compañía exterminadora.

Dos hermanos

─¿No te levantas hoy? ─preguntó el Sueño a la Muerte.El hombre permaneció en la cama.

Pena máxima año 2100
Culpable. Le borraron toda la memoria. Lo más triste para él fue ver como se disolvía el más dulce y último de sus recuerdos: su madre sonriéndole cuando era apenas un bebé.

Elecciones caribeñas

Terminados los comicios electorales lo que importó fue el ganador. Todos los demás perdieron.

Mala religión
──Mamá, tengo miedo del fantasma.
──Toma, ponte esta medallita y te protegerá.

Pisadas
Una mañana azul, la abuelita de Mary decidió desandar todas sus pisadas. Mary se fue tras ella, pero por cada paso que la abuela daba para atrás, se hacía más pequeña y ya nunca más pudo verla. Mary, por el contrario, crecía, hasta que llegó un día en que también se convirtió en abuela. Mañana temprano comenzará a desandar sus pisadas y tal vez se encuentre con su abuelita en un nuevo amanecer rosado.
Seudónimo: José Carey


Horror
En el velorio María sintió que le acariciaban una pantorrilla. Impávida, miró hacia los lados pero todos estaban ofuscados con el rezo del rosario. Entonces se levantó curiosa, caminó hacia donde estaba el ataúd y vio, para su asombro, que al viejo difunto le faltaba una mano.

Historias de guillotina

“¡Asesino!”, le dijo al verdugo después de que éste le cortara la cabeza.

Dos siluetas
Caminaron hacia el horizonte encendido. Una de ellas, flaca y alta; la otra, redonda y bajita. La primera subió al cielo y se confundió con las estrellas; la segunda se hundió en la tierra e hizo crecer las habichuelas.

Misión imposible
El destino los enfrentó una tarde de luna llena a la orilla del mar. Desde entonces el centauro y la sirena se mueren de pasión y luchan por consumir su amor.

Primer bestseller
Una vez en su cueva, procedió a pintar en las rocosas paredes todo lo que vio: vacas con un solo ojo, enormes pájaros y lunas crecientes; sin duda alguna la primera novela supernatural.

Transpersonal

“No creo en Dios”, dijo el Ego a su Yo Interior, y dejándolo abandonado, prosiguió su camino. Luego se detuvo; miró hacia atrás y pudo ver como su sombra se deslizaba hasta llegar al horizonte de su conciencia. Corrió tras ella, pero fue en vano: el sol del amor, que se escondía detrás de la colina, se la tragó. Blanco y negro.Al caer la noche, el Ego quiso recuperar su sombra, y al son de ruidos, pompas y platillos, lanzó al cielo de su alma un cohete de fuegos artificiales hecho de pensamientos y razones, que poco a poco se fueron desvaneciendo dejando al desnudo la majestuosidad perenne e infinita de las estrellas. Sonido y silencio.Era tan fría la noche que el Ego se cubrió de indiferencia. Un abrazo de lucha con la muerte. Noche oscura del alma. Luz y oscuridad.Día. Por la mañana, al ver los primeros rayos del sol entrando por la ventana del conocimiento, salió entusiasmado en busca de su sombra. Una vez afuera, miró para el cielo y quedó maravillado al ver dos arcoiris de nueve colores que se entrelazaban y danzaban a su alrededor. Eran las virtudes de la vida: Serenidad, Humildad, Veracidad, Ecuanimidad, Desapego, Fe, Templanza, Inocencia y Diligencia. Muerte y vida no se conciben sin la otra. El bien y el mal no se conciben sin el otro. Su Yo retornó. El ego se quedó en silencio y Dios se sintonizó con él.

Lectura
Leía su libro, cuando al pasar una página, tropezaron sus ojos con la huella de unos labios rosados. Detuvo la lectura y lentamente los fue besando. Dos mariposas brotaron de entre las páginas.

Ori-genes
En el principio era sólo una masita de color amarillo, disforme y fetal como un grano de maíz, que dormía plácidamente en su cunita de carbón. De súbito se escuchó una voz portentosa que llenó el vacío con tres palabras: “Hágase la luz”. Entonces la masita despertó asustada, le dio hambre y pujó, pujó y pujó hasta que le crecieron piernas. Corrió hasta donde estaban los buitres y se convirtió en el primer ser humano.

Némesis
Érase una vez un hombre que maldecía a la fuerza de la gravedad cada vez que algo se le caía de las manos, ya sea el cepillo de dientes cuando se cepillaba o el martillo cuando trataba de arreglar algo en su casa. Maldecía tanto y tanto que una mañana amaneció flotando sobre su cama y se enfermó de gravedad.

Eclesiástico
─Nosotros, los seres humanos, solamente somos un poquito más altos que la hierba. ─dijo el viejo sabio al humilde pastor que lo observaba en silencio. Luego, miró hacia las estrellas y añadió:
─Pero aun así, terminamos arropados por ella.

De cabezas
Salomé me invitó a almorzar a su casa; quería presentarme a la cabeza de su familia.

Principios religiosos

En una sala de hospital, la niña enferma vio pasar a una señora.
―Señora ore por mí, por favor ―le suplicó.
―Soy socia de Los últimos tiempos y no está en mis principios orar de ese modo ―ripostó la señora, y le dio una charla bíblica a la niña.
El Señor, que pasaba por allí disfrazado de conserje, oyó la conversación, se acercó y dijo:
―Yo oraré por las dos.
Táctica
El valiente ejército llegó, vio y venció al temible enemigo. Éste, sometido y subyugado, se valió luego de su arma más mortal: fingir ser de ahora en adelante sus más acérrimos amigos.

Cosas de niño

─Mami, voy a jugar a imaginar que nos visitan.
Tocan a la puerta.

De dietas
-Madre, te aviso que esta semana estoy a dieta.
-Hoy hay fetuccine con pollo. -Bueno.

Breve historia de amor y de locura


Cuenta la leyenda que en un día de sol esplendoroso, a eso del mediodía, el sonido de una explosión resonó su eco más allá de las colinas. Los pajaritos cesaron de trinar, los bambúes se mecieron con el impacto, y las hojas, al caer al pozo, formaban ondulaciones en sus aguas serenas. En la lejanía, una mancha ígnea, seguida por una columna de humo, se dibujaba en la falda verde del monte.
Desde la plantación de tabaco los trabajadores avistaron la humorada que se expandía en el cielo. El joven Polo, que silbaba la canción del amor, mientras amontonaba un fardo de hojas, escuchó los gritos. Sus ojos se ensancharon, petrificados de horror. ―¡Paquitaaa! ―gritó aterrorizado.
Corría despavorido, como un relámpago; impotente, deseó tener alas para llegar a ella y librarla del fuego impetuoso que la vestía y consumía, mientras se agitaba de un lado para otro presa del pánico.En la mente de Polo, la canción de amor se convirtió en una de miedo y dolor. Como ráfagas vertiginosas, llegaban a su memoria los recuerdos más bellos.
Paquita era sencilla, como florecita de moriviví. Ella tenía diecisiete y él apenas había cumplido los veinte, cuando la vio por primera vez en el pozo, mientras buscaba agua, y desde ese instante su corazón ya no le fue de él. Ambos se llenaron de ilusiones y en sus ojos brillo el amor. Todavía el primer beso lo sentía cálido, y de la semilla de ese amor, Paquita llevaba en su vientre lo más inapreciable del fruto divino: su primer bebé que en dos meses vendría a sus vidas.Recordaba cómo, con la ayuda de sus hermanos, terminó de construir una choza de madera y yaguas en la ladera más desnuda del monte, cerca del pozo. Se casó con Paquita una tarde azuloza de julio. La fiesta se celebró en el antiguo rancho de palos y yaguas, donde se cosía el tabaco y se amontonaban los bolillos. Fue un día histórico, pues el padre Vicente, por primera vez, subió a los picachos en una carreta tirada por bueyes. Hubo trovadores, los cuales al son del repique de el cuatro y la maraca improvisaron décimas para los novios.
Para diciembre pudo regalarle, por fin, la estufa de gas kerosene, que tantas veces veía en la tienda del pueblo cuando iban a vender el tabaco. La había comprado a crédito pues le fastidiaba ver a Paquita doblarse y tiznarse con el hollín del fogón. Se la trajo la víspera de su primera navidad juntos, envuelta en papel crepe verde y rojo. A Paquita se le iluminó la sonrisa más hermosa que él haya visto, y cada día él sentía que la adoraba mucho más. Ninguna tan primorosa como ella; tan clara y pura como el agua dulce del pozo. Él le enseñó a usar la estufa, desde echarle el kerosene hasta prenderle la mecha.
Hasta que llegó primavera, el día esperado por ellos se acercaba; el bebé iba a nacer para principios de abril y nunca antes se habían sentido tan felices.

Polo continuaba su carrera con un terror en la mirada; una angustia ardía en su pecho. En sus ojos húmedos brillaba un fuego. Al llegar, arrojó con furor varias telas de saco para apaciguar las llamas, pero ya era muy tarde: Paquita, desfigurada, había caído inconsciente. Al lado, a unos cuantos metros, entre las cenizas y ruinas, la estufa relucía al sol, ennegrecida, impregnada por el humo.lloraba su desgracia. Desde ese día dejó de llamarse Pablo para convertirse en El Loco.Un mes más tarde, en un día gris, Polo el loco, pensó que si mezclaba el pesticida para matar la yerba mala con ron, tal vez pudiese dormir mejor y soñar con Paquita. Así lo hizo y no despertó.
Pasaron los años. El progreso llegó a la comarca más rápido de lo que se esperaba; acueductos y alcantarillas, alambres y postes eléctricos se notan por doquier. Ya nadie precisa del pozo viejo, está reseco, y donde antes florecía el tabaco, ahora relucen urbanizaciones, y alguno que otro pastizal con unas cuantas vacas. Dice la gente que a eso del mediodía, se ven dos palomas revolotear por el caminito que lleva hacia el pozo, y, a veces, cuando sopla el viento del Este, se puede escuchar el eco de un grito doloroso:
"¡Paquitaaa!"

Asmodeus


Aturdido y abrumado, por la duda de los celos se ve triste en la cantina a un borracho ya sin fe, con los nervios ...

El viejo verde, amante infiel, se levantó de la cama muy temprano en la mañana. A su lado, arropada entre las sábanas, dormida y roncadora se encontraba su chilla preferida. Un litro casi vació de ron Palo Viejo decoraba la mesita de noche y cuando el hombre fue a encender la luz, cayó al piso; pero la mujer no se despertó. El plasma estaba encendido a bajo volumen y se veía a Chucho Avellanet cantar La copa rota, una vieja canción que le despertó la nostalgia de joven chulo y bohemio al concupiscente. " No la canta tan mal, pero ninguno como Felipe. Caramba, tengo que avanzar a llegar a casa de mi doña, hoy es nuestro aniversario, no vaya nunca a sospechar", se dijo. Luego se dirigió hacia el baño para lavar su caja postiza y se enredó en una fina tela de araña, de esas que se forman por la madrugada; la sacudió a la misma vez que maldecía a esos bichos. Caminó hasta la cocina para prepararse un poco de café, parte del paquete de sus aventuras. De pronto sintió un olor extraño, hediondo y penetrante que entraba por las persianas. Curioso, quiso salir afuera, y al abrir la puerta, una brisa lo aumento más. Al cubrirse la nariz, no se percató de que una mosca tuerta, de aspecto indeterminado, entraba sigilosa. Impávido, miraba a su alrededor, pero el vecindario no era el mismo; una neblina gélida y lechosa cubría las calles, y siluetas de lo que aparentaban ser gentes miraban por las ventanas de sus casas. Sorprendido, entró a la casa, miró por la ventana para cerciorase y no vio niebla alguna; de hecho era el barrio donde había vivido por veinte años y lo conocía como a la palma de su mano. Nunca en su vida había visto niebla en ese pueblo. Entonces, precavido, sale afuera otra vez, y se encuentra de nuevo en medio de la neblina espesa. "¿Cómo es posible que de adentro no se notara? ¿Dónde rayos me encuentro?", se dijo. Azorado, con el corazón palpitante, entró de nuevo a la casa, miró por segunda vez a través de las cortinas, pero todo se veía normal; excepto que, cuando volteó la cabeza para decírselo a su amante, vuelve a sentir el hedor, y ve, horrorizado, a una mujer caminar hacia él, despeinada, con un solo ojo de mosca y un cuchillo ensangrentado en una mano; vestida tan solo con un bikini amarillo, amenazaba chupárselo con una enorme trompa que le salía por la boca. Era su esposa.
─Ven aquí mi cubito de azúcar, es nuestro aniversario…
…mozo sírveme la copa rota, quiero desangrar gota a gota el veneno de sus amor…

El colectivo mágico


──Tienes razón, ahora veo porqué Borges decía en su cuento que El Quijote lo pudo haber escrito otra persona o que todos podíamos ser el autor. Recuerdo que esas fueron las últimas palabras que le escuché decir a mi amigo el profesor.
Era sábado por la mañana y fui entusiasmado para el aeropuerto a recogerlo. Él llegaba de la universidad de California, acababa de obtener un doctorado en literatura comparada, y decidió celebrarlo en la Isla, con sus amigos. Nos abrazamos eufóricos y comenzamos a hablar de los viejos tiempos y de las nuevas corrientes literarias. Por el camino nos dio hambre y lo invité a tomarnos una fría y a comernos unas alcapurrias en la lechonera “La Familia”, de don Pedro. Cuando llegamos, el viejo asaba un cerdo y su esposa María atendía a un turista. Al parecer el gringo le había dado un billete de cincuenta dólares, y ella no sabía distinguir si era de los buenos o de los falsos.
──¡Mirale el pájaro! ──le gritaba don Pedro. Intuí rápido que él se refería al águila que aparece en el billete y me iba a levantar para ayudar a la doñita, cuando de pronto se acercaron dos señoras religiosas, de esas que hacen su actividad proselitista los sábados por la mañana, y a María le dijeron:
──Buenos días, quisiéramos nos concediese unos minutos para compartir la palabra de Dios. ¿Sabe usted cuál es la religión verdadera?
María toda confundida les dijo:
──¡Ay, bendito, si apenas puedo notar bien el dichoso pájaro en este billete, mucho menos voy a saber esas cosas!
Don Pedro, quien no toleraba lo interrumpieran en su trabajo, les gritó a boca de jarro que se marcharan.
──¡Esta gente no ve que uno está ocupao, bendito sea Dios! Si la única religión es la conciencia. ──Dijo en voz alta.
Mi amigo al escucharle dijo: ──Benedetti.
Don Pedro, medio asustado le preguntó si le pasaba algo.
──¿Me quiere decir algo, joven?
── ¿Lee usted a Mario Benedetti?
──¿De qué vente y vete usted me jabla, jovencito?
──respondió don Luis, mientras se rascaba la cabeza.
──Mario, Mario Benedetti, el escritor.
Yo me hice el chivo loco y miré para el otro lado.
──Es que usted acaba de decir algo de mucha relevancia. Eso de que la única religión es la conciencia es un pensamiento de Benedetti, el escritor uruguayo.
──Que guayo ni que coco rayao, mire, joven, eso lo decía mi abuelo, y figúrese usted, sólo porque el tal Mario mentao como usted dice, lo jaya dicho, escrito o patentao, y sea famoso, no significa que le pertenezca a él.
Mi amigo me miraba más asombrado aún. Yo contenía las ganas de reírme porque don Pedro era analfabeto. Después de comer, nos despedimos de los paisanos y por el camino continuamos con el tema.
──Eso mi amigo es el imaginario colectivo, no hay nada nuevo bajo el sol, todo se ha hecho, es la variación lo que cuenta. Todos somos uno conectados. Todo está grabado en nuestro inconsciente; nadie piensa con exclusividad, estamos en la misma energía.
──O sea que todo queda registrado en el imaginario colectivo.
──Exacto. Fíjate, a mí me llamaba la atención los parecidos en los cuentos y en novelas y eso me preocupaba, pero luego me di cuenta de que eso es natural. Soy de los que creen, que dos escritores pueden pensar lo mismo aunque estén lejanos y no se conozcan. El inconsciente colectivo nos toca a todos, amigo. Los títulos y los finales pueden parecerse en muchos cuentos, eso no es plagio. Y si lo fuera sería plagio creativo. Ahora bien, es en el estilo, en el trato que se le da y en el punto de vista donde se adjudica la diferencia creativa.
──Ya veo, pero si esos tres elementos coinciden bastante, puede que se corra el riesgo de plagio ilegal.
──Es posible, mi hermano. En esta vida tan corta todo puede ocurrir.
Se quedó en silencio y meditativo. Lo llevé al hotel y no hablamos más del tema. De regreso a mi casa pensé que después de tantos años de estudio, mi amigo había hecho un gran descubrimiento y necesitaba tiempo para procesarlo en su inconsciente individual…
Glosario
Alcapurrias-fritura hecha con viandas de plátanos y yucca
Lechonera- lugar donde se vende carne de cerdo asada
Me hice el chivo loco-disimular que no entiende o que no ve ni oye
Guayo-instrumento para pelar viandas

Por un bigote


Siempre fui muy tímido. Tanto, que evitaba mirarme a menudo en el espejo para no cruzar la mirada conmigo mismo. Ese defecto me causaba gran dolor y desconcierto. Un día sucedió algo que cambió mi vida y me quitó la timidez de un golpe. Ese día me desperté, como siempre, al compás de doña costumbre y de don deber; comencé a reordenar las piezas del rompecabezas de mi vida, pues la noche anterior había bailado con el Diablo, y el resultado de unas copas extras me latía en la cabeza. Pero era lunes, un día odioso; no tuve más remedio que levantarme he irme a trabajar.
Casi dormido, me dirigí hacia la cocina, calenté un poco de agua sucia con sabor a café, encendí la radio y luego, al mirarme sin ganas en el espejo del baño, decidí que mi bigote ya me pesaba, y tenía que desaparecer.
Trabajaba en aquel entonces con una compañía que suministraba servicios de entrega de comidas y mercancía a las industrias del área. Consistía mi trabajo en conducir una camioneta mini van surtida de golosinas con las cuales llenaba las máquinas vendedoras. En uno de los edificios del barrio, trabajaba de recepcionista una chica rubia de esas tipo cien por cinco -cien libras de peso y cinco pies de estatura- , de ojos verdeados, muy guapa, que cada vez que me sonreía yo sentía que me subía al cielo. Me enamoré como un tonto de ella, pero nunca encontraba la manera de acercármele y expresarle mi admiración. Pero ese día estaba decidido de una vez por todas a declararle mi amor, así que mientras me acariciaba debajo de la nariz, donde cinco minutos antes estaba el bigote, me dije que me veía más joven y atractivo, que basta ya de timidez y que hoy era el día definitivo de la conquista. Me pase la loción de afeitar, le, imploré a Dios que me ayudara y me marché como Don Quijote en busca de su Dulcinea. Faltaban quince para las tres para terminar mi labor diaria, y me la pasé en el baño. Ensayaba una y otra vez mi declaración de amor, cuando al fin, me armé de un poco de valor. Una vez decidido me dirigí hacia el edificio donde trabajaba Brigette, pues supe su nombre cuando una vez, al pasar por su lado, pude leerlo en el carnet de identidad que llevaba prendido en su pecho.
Entré al edificio como quien no quiere la cosa, y tuve una gran decepción cuando en lugar de Brigette, encontré a una señora regordeta. Al acercarme me hice el desinteresado e interesado a la vez y pregunté, por mi Dulcinea. La señora me contestó de un modo automático, me miró de una manera interrogativa, con un aire en su mirada que me decía quién rayos eres tú y por qué la buscas, y luego, mientras agarraba el teléfono que no cesaba de sonar, me dijo que Brigette estaba libre hoy, y que no vendría a trabajar hasta el miércoles.
Salí del edificio con el corazón a sesenta millas por hora y desilusionado. Afuera hacía un calor perruno y mi chatarra de auto no tenía aire acondicionado, así que , aturdido y agobiado, estacioné mi carro frente al bar de Joe; pedí una cerveza bien fría, luego otra y después otra hasta que quedé algo mareado. Al cabo de una hora, salí y me dirigí hacia el parque principal de la ciudad. Allí me mecía en los columpios, ensimismado, como un niño huérfano con los ojos cerrados. Soñaba despierto con el venusino cuerpo y los ojos verdes de mar de Brigette, cuando de pronto ante mí se detienen tres patrullas policiales: ―¡Alto ahí. No se mueva y ponga las manos sobre la cabeza! ― gritaron al unísono. A mí me temblaron las rodillas y todas las coyunturas, pero obedecí sin vacilar. Comenzaron a esposarme mientras me preguntaban por qué estaba tan nervioso, y yo les dije, por qué carajo ustedes creen que lo estoy, si acaban de darme un gran susto; pero ellos no me hacían caso, y tan sólo se limitaban a escrutarme. ―A ver que traigan a la chica ―dijo el más feo de ellos. Me quedé petrificado. Un frío álgido me atravesó el corazón cuando la vi; era Brigette , la chica italo-irlandesa, la barbi de mis sueños, la que me hacía patinar el coco. Se veía diferente, como si un huracán le hubiese pasado por encima.
―¿Es este el hombre que te asaltó? ―le preguntó uno de los gorilas.
Por un momento todo se quedó en suspenso, como cuando pasan una cámara lenta por televisión y el tiempo se detiene. El policía, tratando de calmarla, le dijo:
─Sabemos que el miedo la confunde jovencita, pero díganos, ¿es ese el hombre que la asaltó anoche?
Ella asomó la cabecita rubia por la ventana, abrió sus grandes ojos al máximo, me miró por un rato, como si yo fuera un bicho raro y le dijo a los guardias:
—No, ese no es; el otro tenía bigote y era más prieto.
Pobrecilla. Pero es natural; de noche todos los gatos son pardos y yo, que soy negro, mucho más. Menos mal que me afeité el bigote.